ACADEMIA DEL MAR
CUADERNO TALÁSICO
Nº 9
Presentado por:
Académico
de Número nº 28
Almirante Enrique Molina Pico.
Tema:
“UNA
PROPUESTA POLÉMICA:
EL PUENTE INTERNACIONAL
BUENOS AIRES-COLONIA”
Presentación:
febrero de 1998.
Debate:
28/04; 26/05 y 30/06 de 1998.
Buenos Aires,
Abril
de 1998.
Una
propuesta polémica: el puente internacional Buenos
Aires-Colonia
Almirante
Enrique E. Molina Pico
I-Introducción:
Si bien en la presentación del trabajo he calificado
al proyecto como una “propuesta polémica”,
he de romper con prácticas literarias que permiten
retener hasta el final la atención de los lectores
descubriendo al principio la trama, o si se quiere he
de dejar de lado la ambigüedad propia de muchos discursos
políticos tendientes a quedar bien con tirios y
troyanos, y expresaré desde el comienzo mi juicio
de valor sobre la obra mencionada.
Creo
conveniente hacerlo así pues permitirá al
lector ponderar los juicios que he de realizar, y si se
quiere, también relativizarlos, pero pese a esta
toma de posición inicial, sí puedo asegurar
que he llegado a ella luego de largos análisis
y meditaciones, conociendo por mi profesión muchos
de los temas que de una u otra manera se relacionan con
el puente y sus consecuencias . También debo exponer
a la luz pública que mis juicios, hoy, no son expresiones
abstractas, académicas ,desligadas de una realidad
vivencial, sino que –y es un orgullo decirlo- que
están teñidas de la pasión de lo
argentino.
Aclaración
mediante, mi opinión es que el puente tal cual
está siendo llevado a cabo por la Comisión
Binacional ad-hoc, es totalmente contrario a los intereses
argentinos y que en lugar de puente, la obra, podría
ser llamada “la autopista elevada Buenos Aires-Colonia”.
¿Cómo
surge?, o ¿cómo se va armando la realidad
ante la cual nos hallamos?: Desde hace muchos años
existe en el imaginario popular la idea de un puente a
través del Río de la Plata, pero esto no
había pasado de ser lo que en realidad era: una
idea romántica, con el atractivo adicional que
tienen todas las grandes obras de ingeniería y
en especial si por sus características son “únicas,
o las más grandes en el mundo”.
Esta idea dio origen en 1985 a un acuerdo presidencial
argentino-uruguayo mediante el cual ambos países
se comprometían a estudiar la factibilidad de realizar
la obra. La firmaron los entonces presidentes doctores
Alfonsín y Sanguinetti, éste, hoy nuevamente
a cargo del Poder Ejecutivo uruguayo y verdadero motor
de la idea del puente.
El
cambio de gobierno en el vecino país no motivó
ningún cambio en la política “pro-puente”
que se vivía en la dirigencia uruguaya y se siguió
adelante con la idea de estudiar la factibilidad de su
construcción, pese a que era una especie de secreto
a voces que la opinión técnica argentina
estimaba que la obra era “no viable” .
Todo
lo realizado en torno del puente fue hecho sin conocimiento
previo, ni debate por parte de la opinión pública,
la que en su conjunto continuaba teniendo el puente como
esa obra romántica a la que nos hemos referido,
hasta que a fines de 1996 tomaron difusión los
primeros diseños concebidos sobre él y el
primer estudio del Banco Mundial en el que se establecía
que el puente no era económicamente rentable si
se lo encaraba y como una obra a financiar con recursos
privados, o bien con cualquier tipo de recursos pero a
los cuales había que aplicarles los criterios de
rentabilidad usuales en la práctica económica.
Pese
a esta importante objeción la Comisión Binacional
siguió adelante con su proyecto y con financiación
del Banco Mundial se encargó un estudio a una consultora
internacional, en el que se afirma que dadas ciertas condiciones
en la situación económica la obra sería
rentable .
Sin
lugar a dudas el puente ha de afectar a muchos aspectos
de la vida argentina, tanto en las costas del Río
de la Plata como aguas arriba, no obstante ello el proyecto
siguió adelante sin solicitar la oportuna opinión
de los interesados, o al menos, de los organismos responsables
de los distintos sectores afectados tanto nacionales como
provinciales o porteños.
Cuando
se difundieron los primeros datos se establecía
que el puente uniría las márgenes entre
las cercanías de Punta Lara y las de Colonia, que
tendría un pasaje central de 50 metros de gálibo
y que el resto era una “autopista elevada”
construída a 6,50 metros sobre el cero, (las alturas
están referidas al cero del Riachuelo), lo que
equivale a decir unos 5 metros sobre el nivel normal del
agua; quizá con ojos más ciudadanos nos
convendría decir que corresponde a la altura de
uno de los puentes de la Panamericana. Y ese puente-autopista
sería sostenido por mil pares de pilotes, pues
las pilas estarían separadas por uno 40 metros,
quedando como luz horizontal a lo largo del puente una
cifra considerablemente menor pues hay que descontar el
ancho de las pilas.
Finalmente
el 20 de septiembre de 1996 en la ciudad de Montevideo
los presidentes Menem y Sanguinetti firmaron el tratado
para la construcción de un puente sobre el Río
de la Plata.
En
el documento se establecen las condiciones para la construcción,
que será llevada a cargo por el sistema de concesión
de obra, se crea una comisión administradora, se
define la jurisdicción y se agrega una cláusula
que excede al puente en sí mismo, pues para asegurar
la rentabilidad de las obras se prohibe la construcción
de cualquier otra unión física entre nuestros
dos países, lo que sin duda ha de afectar la posible
utilización del Delta como traza postergando su
desarrollo.
La
primera reacción pública se originó
en algunos navegantes deportivos, que conscientes de la
transcendencia de los valores indicados hicieron llegar
sus objeciones a la Comisión Binacional, pero creo
que hay que reconocerlo públicamente fue la Comisión
Directiva del Club Náutico San Isidro la que decidió
enfrentar orgánicamente el tema y analizarlo con
un criterio amplio para aportar datos y proposiciones
que permitiesen salvar los inconvenientes y encontrar
las soluciones que mejor se adaptaran a los intereses
argentinos.
Tuve
y tengo el honor de haber colaborado con dicha Comisión
Directiva y la tarea en ella me permitió estudiar
en profundidad el tema y opinar con cierta solvencia sobre
él, aunque no por ello dejo de reconocer que no
soy el dueño de la verdad y que algunas de las
propuestas pueden ser mejoradas, y ojalá lo fueren.
Analizados
los pormenores, con la salvedad que la información
de la que disponía el público era muy limitada,
pues la Comisión Binacional había trabajado
con un criterio de secreto que a mi entender no corresponde
para una obra pública, en especial de la transcendencia
de la que se considera, se concurrió al mencionado
organismo y fue el curso que tuvo la amable reunión
el que fijó el concepto aplicado para el análisis
que se desarrolla.
II-Las
preguntas lógicas:
Un
análisis lógico de una obra de esta naturaleza
impondría una serie de preguntas para ordenar el
pensamiento, así a nuestro criterio el orden de
preguntas a contestar debería ser:
a- ¿Es necesaria la construcción de una
nueva unión física con el Uruguay?,
b- En caso de ser necesaria la construcción de
la nueva unión: ¿Cúal debería
ser la traza ideal para la realización de la obra?,
y finalmente:
c- Establecida la necesidad de la obra y fijada la traza:
¿Qué características técnicas
debe tener la ligazón indicada?.
No
obstante ello, la Comisión nos informó que
el puente se construiría y que la traza estaba
fuera de toda discusión, pues eran decisiones políticas,
es por ello que el orden en el cual se enfrentó
el trabajo es exactamente el inverso del lógico,
pues si la decisión en cuanto a la construcción
y a la traza eran irrevocables, nos dedicaríamos
a mejorar dentro de lo posible las condiciones técnicas
de una obra verdaderamente importante.
El
concepto general que encuadra a todo lo actuado hasta
el momento, es que se construirá un puente mediante
inversión privada, no aportando fondos el estado
y que luego de finalizada la obra, ésta se entregará
en concesión a quienes llevaron a cabo la tarea,
los que deberán recuperar el capital, más
los intereses, mediante una adecuada fijación del
peaje, lógicamente entrarían en el campo
de la concesión la explotación de negocios
subsidiarios, como ser los servicios prestados a los viajantes
y las ventas en zonas aduaneras libres, en estos casos
conocidas comunmente como “duty free”.
Si
el estado se comprometió a no invertir en la obra,
y conociéndose gracias al estudio del Banco Mundial
que no era rentable, la única forma de lograr interesados
en la construcción es disminuir al máximo
las exigencias de todo orden para reducir los costos.
Es
por ello que ni la Comisión Binacional, ni ningún
organismo técnico, desarrolló un proyecto
o anteproyecto que contemplara la necesidades del país,
dejando a cargo de cada oferente en la licitación
el estudio y la propuesta técnica derivada; el
ente binacional solamente estableció algunos parámetros
de mínima y que son los expresados en párrafos
anteriores .
Este
concepto, reduciendo al máximo las exigencias y
por ende los gastos, tiende a hacer la obra atrayente
a los inversionistas, pues como ya lo había advertido
el Banco Mundial era económicamente inviable si
tenía que enfrentarse la obra solamente con el
peaje.
Es así que el puente sobre el Río de la
Plata se concibió siguiendo lo que puede pensarse
como la definición más simple de puente:
“Un puente es una obra de arte, o de ingeniería,
destinada a salvar un obstáculo, en este caso una
vía de agua”.
Definición
que puede ser válida pero que sin duda no es aplicable
al Río de la Plata, que no es una simple vía
de agua, sino que es una singularidad geográfica
mundial que condiciona la vida de sus ribereños,
de todos los que habitan en su hinterland y aguas arriba
en la hidrovía Paraná-Paraguay.
Su
aplicación directa hace que el puente sobre el
Río de la Plata no sea tal, sino que sus características
de diseño, lo convierten en una “Autopista
elevada” o en el peor de los casos en un verdadero
“Dique”.
III-Las
características del puente y sus inconvenientes:
Las
primeras reacciones motivaron que la Comisión incorporase
como requisito no solamente el pasaje central para la
navegación principal, sino también dos pasajes
laterales para la navegación secundaria, uno ubicado
en las proximidades de la costa argentina y el otro en
las de la uruguaya. Estos pasajes laterales tendrían
un gálibo 30 metros y una luz horizontal de 100
metros. Sin duda esta modificación es una mejora,
pero no soluciona el problema principal que es el corte
del río convirtiéndolo, de hecho, en un
lago interior y en el remanente Río de la Plata
exterior, vedando el libre uso de sus aguas en la mayor
parte de los 40 kilómetros de ancho del río,
que hoy es navegable en gran parte no solamente para las
embarcaciones deportivas, sino también para las
comerciales de menor porte, para las de servicio y para
las embarcaciones públicas.
Al
tener difusión pública el avance del proyecto
se desarrollaron una serie de seminarios organizados por
el Centro Naval, el Consejo Argentino para las Relaciones
Internacionales y la Universidad del Salvador, el Centro
de Navegación y la Unión Industrial Argentina,
los que sumaron sus
Con los requerimientos fijados en esa forma genérica,
analizaremos su incidencia en la navegación:
El
primer punto a tener en cuenta es que como resultado de
la apertura de un pasaje principal en el centro y dos
secundarios en las proximidades de las costas se produce
el primer efecto: el puente es un “concentrador
artificial del tránsito” que expresado de
otra manera significa que el puente actuará como
un incrementador del riesgo náutico, pues obliga
a pasar por un mismo lugar a grandes buques de muy diferentes
tipos y características náuticas y de maniobra,
grandes graneleros de gran eslora, manga y calado, junto
con los portacontenedores caracterizados por su gran obra
muerta, lo mismo que los cruceros, que a su vez poseen
una velocidad más elevada, a esta navegación
de ultramar debemos agregarle las embarcaciones ultraveloces
que realizan la carrera, así como la navegación
comercial menor y auxiliar además de la deportiva.
Si
nos atenemos a las cifras de hoy debemos pensar en un
tránsito anual del orden de los 7.000 embarcaciones
mayores y de unos 11.000 veleros y cruceros de turismo
que cruzan la zona en la que se construiría el
puente. Hoy ese enorme tráfico se dispersa por
todo el ancho del río siguiendo el canal solamente
los grandes buques.
El
obligar a utilizar un estrecho pasaje, aún con
la existencia de los auxiliares, creará situaciones
de riesgo en numerosas oportunidades, pues a las distintas
características y posibilidades de maniobra, muy
poca sin duda para los grandes buques, se agregará
la impericia náutica de muchos de los que emplean
embarcaciones deportivs, que si bien han accedido a los
permisos necesarios para “despachar” su embarcación,
no son profesionales de la materia y las condiciones meteorológicas
y las coincidencias del azar, los puede poner en una atolladero
en el que por un lado estarán las pilas del puente
y por el otro los cascos de los buques en travesía..
Se
podrá argüir que con un adecuado ordenamiento
de los pasajes el incremento del riesgo será mínimo,
la realidad de la navegación demostrará
sin duda que esta premisa es falsa pues si bien puede
decirse que “Dios es marino” no podemos
exigirle que actúe como piloto en cada una de las
embarcaciones y que independice a las embarcaciones especialmente
a los veleros, de sus limitaciones propias y de las condiciones
del tiempo que muchas fijan su derrota y traban su maniobra.
Es
en este punto donde hay que consignar que el representante
de la consultora Louis Berger en su exposición
sobre el tema en el seminario organizado por el Centro
Naval, defendió la concentración del tránsito
como el único medio para incrementar la seguridad
náutica en el Río de la Plata, caracterizado
hoy según él por un “tránsito
caótico”, esta opinión a mi juicio,
y según se vió en el seminario al de todos
los profesionales del tema, es doblemente falsa, pues
por un lado concentrar el tránsito donde no es
necesario no disminuye el riesgo, sino que por el contrario
lo aumenta, y por otro lado es totalmente inexacto que
hoy la situación en el Río de la Plata sea
caótica.
Importa
dejar especialmente sentado que la situación en
el Río de la Plata no es náuticamente comparable
con ninguna realidad geográfica donde existen puentes
y con las cuales se quiso comparar la nuestra para justificar
la errónea aseveración anterior; en efecto
ni la bahía de Copacabana, ni el lago Portchartrain,
entre otros, tienen características hidrográficas
ni de uso que permitan sacar conclusiones válidas
para aplicar en lo que es el verdadero “Mar Dulce”
de Solís.
Debemos
también considerar las limitaciones en altura,
cuando inicialmente la Comisión habló de
al menos “50 metros de gálibo” se pensó
en la Fragata “Libertad”, que sin duda no
podría pasar, pero el punto más importante
es la posible limitación futura en la dimensión
de los buque, sobre todo en los portacontenedores y cruceros
pues ambos se caracterizan por una gran obra muerta y
un gran “calado aéreo”.
La
Cámara de Puerto Privados encargó un estudio
sobre la evolución previsible en los futuros años
y estableció que el puente debería tener
como mínimo una altura libre de 65 metros al cero.
El no cumplir con este requisito limitará las posibilidades
del puerto de Buenos Aires y los ubicados aguas arriba
en la hidrovía Paraná-Paraguay.
Esto ocurre en un momento en el que en el transporte marítimo
se produce una concentración de armadores a nivel
mundial y un incremento de las dimensiones de los buques
empleados, originando circuitos preestablecidos en la
que habrá relativamente pocos puertos terminales,
a los cuales llegará el tráfico traído
por buques alimentadores, o “feeders”, desde
puertos convertidos de hecho en “secundarios”.
Con las alturas previstas para el puente, a las restricciones
que la propia naturaleza impone a la navegación
en el Río de la Plata se le agregará una
restricción humana que convertirá a nuestros
puerto fluviales en puertos “secundarios”.
Al
analizar la necesidad o conveniencia del puente el entonces
Presidente Lacalle expresó que su utilidad no debería
ser únicamente turística, sino que había
que lograr que Montevideo se convirtiese en la ciudad
puerto del extremo sur del continente, expresando que
el de Buenos Aires tenía grandes problemas y que
debía tratarse de derivar las cargas.
Normalmente
los fletes se derivan hacia los puertos que son más
baratos, o convenientes, para el agente marítimo
o el fletador pues un puerto no es nada más, ni
nada menos, que un centro de transferencia de mercaderías
entre distintos sistemas de transportes, pero para comparar
la conveniencia de uno u otro es necesario que los distintos
puertos del sistema compitan con igualdad de condiciones.
De no hacerse así estaremos favoreciendo a uno
en desmedro del otro, estaremos de hecho aplicando una
política de fomento de un sector en contra de otro.
Aplicar políticas de fomento es una responsabilidad
de gobierno que debe legislar en pos del bien común
y de los intereses argentinos, en este caso particular,
sin ninguna duda, el puente atenta contra nuestros intereses
pues la legislación regional dista mucho de ser
homogénea y favorece abiertamente a quienes podrían
llegar a ser operadores del puerto montevideano.
Nuestro
país ha hecho un esfuerzo remarcable en el mejoramiento
de sus puertos, como resultado de ello, el de Buenos Aires
es el más eficiente de Iberoamérica, con
la excepción de uno operado en Panamá por
los norteamericanos, y si por arte de magia el discutido
puente hoy fuese una realidad concreta, las diferencias
entre los puertos local y montevideano hacen que aún
pagando los peajes previstos para el cruce de la obra,
es más conveniente operar desde Buenos Aires que
desde Montevideo y nuestra terminal le quitaría
carga a la otra.
Esto
parece un final feliz de una novela rosa, pero desgraciadamente
no es así, pues si nuestro país ha hecho
el esfuerzo exigiendo enormemente al sector privado operador,
a cargo de quien han quedado y quedan casi todas las inversiones
y todos los gastos, no ocurre lo mismo –sino más
bien todo lo contrario- en el llamado a licitación
para privatizar el principal puerto de la vecina orilla
lo que crea una grave disparidad que se constituye en
una grave injusticia para quienes confiaron en las leyes
argentinas.
En
efecto, las obras de infraestructura necesarias en nuestro
puerto están a cargo en un 90% del operador y un
10% del estado; en Montevideo la relación prácticamente
se invierte: 20% a cargo del operador privado y un 80%
del estado; por su parte la importación del utilaje
–(grúas, grúas puente, etc.)- en nuestro
país pagan derechos de importación y el
IVA, en la vecina orilla están exentos de ambos,
las operaciones portuarias aquí pagan IVA y allí
no; la contratación de personal aquí deben
cumplirse la totalidad de las leyes laborales, allí
hasta un 20% del personal puede ser empleado fuera de
ellas. En nuestro puerto, además de todos los problemas
propios e inherentes a la operación portuaria,
la complejidad de la interacción con la Aduana
es de orden tal que sin lugar a dudas es hoy el principal
problema que deben enfrentar los concesionarios; en Uruguay
mientras tanto el puerto montevideano es zona franca aduanera.
La
realidad del siglo XXI nos va imponiendo una integración
que en el nivel regional ya se ha operado en muchos aspectos,
y si bien la integración es necesaria y conveniente
debe llevarse a cabo en forma justa y ecuánime
asegurando una razonable igualdad de oportunidades.
Hoy
no existe esa razonable igualdad de oportunidades y el
acuerdo, de ser aprobado por el Congreso, favorece abiertamente
a los intereses uruguayos perjudicando innecesariamente
a los propios. Esto es quizás la realización
efectiva del deseo del Presidente Lacalle, que cuando
se le preguntó por la derivación de cargas
de nuestro puerto al uruguayo, contestó con gran
criterio de estadista (uruguayo) “...yo quiero mucho
al Dr. Menem, pero la Argentina es la Argentina y mi país
es mi país”.
Creo
que nos toca ahora defender nuestro país como el
Dr. Lacalle lo hizo con el suyo.
Desde
el naufragio del “Titanic” y especialmente
luego de la 2ª Guerra Mundial, en todas las actividades
relacionadas con la navegación se ha ido tomando
conciencia que lo más importante es la vida humana
y es así como a través de la Organización
Marítima Internacional se fue estableciendo una
normativa tendiente a su salvaguardia, que en el aspecto
práctico tiene que lograr que luego de ocurrido
un accidente náutico los centros de control pudiesen
asegurar el arribo de las embarcaciones de socorro con
la menor demora posible.
Las
exigencias establecidas para el puente determinan que
en caso que ocurriere un accidente aguas arriba del puente
y las embarcaciones de socorro se encontraren maladadamente
aguas abajo, o viceversa, las demoras en el arribo al
lugar del hecho se verían incrementadas en forma
importante, pues la embarcación no podría
concurrir directamente pues el gálibo de la “autopista
elevada” le impediría el cruce salvo en los
pasos central y laterales.
Otro
tanto vale para las embarcaciones públicas –(Armada
y PNA)- en el caso que tuvieren que concurrir para ejercer
las funciones propias de los representantes del estado
argentino.
Ya
hemos hecho mención al incremento de los riesgos
náuticos por la concentración artificial
del tránsito, pero habría que agregar dos
aspectos adicionales que inciden especialmente en la seguridad
de la navegación y son uno la luz horizontal prevista
para el pasaje central y el segundo la posición
relativa con el ingreso al canal Martín García.
La
luz horizontal indicada no permite el cruce de dos buques
grandes, uno de entrada y otro de salida, pues hay que
considerar que lo que está en juego no son las
respectivas mangas, sino las mangas aparentes que las
determinan las dimensiones propias del buque, incluyendo
la eslora, y el abatimiento y la deriva originados por
el viento y la corriente existentes.
En
cuanto a la posición relativa del puente con respecto
al acceso al canal Martín García, al correr
ambos prácticamente paralelos y a escasa distancia
entre sí, hacen imposible la maniobra necesaria
para que un buque que navega el canal continúe
su derrota de salida o viceversa, en especial considerando
que la corriente tira en forma perpendicular u oblicua
a los rumbos de las piernas.
Este
aspecto cobra especial importancia porque nuestro país
firmó con el Uruguay un acuerdo para dragar el
canal Martín García a 32 pies y habilitarlo
a la navegación de los grandes buques actuales
y que hoy deben ineludiblemente emplear el canal Emilio
Mitre. La obra ya está en ejecución y su
concreción puede en parte verse malograda por un
puente cuya traza fue establecida sin considerar los aspectos
relativos a la navegación.
Evidentemente
nos encontramos ante una incongruencia en los actos de
un mismo estado.
Nos
queda por considerar los aspectos relativos a la navegación
deportiva, en especial la vélica por las características
especiales de los veleros y sus grandes limitaciones en
la navegación.
Al
comenzar este análisis la misma gente relacionada
con el mundo náutico-deportivo dudaba, y se preguntaba
a sí misma, si cuestionar las características
del puente por el solo hecho que podría afectar
a la navegación deportiva no era una banalidad,
un snobismo o una preocupación supervacánea
de los afortunados que podían dedicarse a la vela,
encuadrando a esta actividad como algo no productivo y
superfluo.
La
respuesta es sin duda clara y concreta: NO.
La actividad náutico-deportivo es una actividad
humana que le interesa sumamente al país por distintos
aspectos: primero que nada pone al pueblo en relación
con la navegación y lo que ella significa para
los intereses marítimos argentinos, dicho de otra
manera: nuestro país no termina en la costa, o
en la playa, su vida y su economía son condicionadas
por lo que pasa mucho más allá, en esos
mares que la navegación deportiva comienza a mostrar
a numerosos connacionales; también es una actividad
y una industria a la que se dedica un gran sector de la
población, teniendo un peso importante en la exportación
nacional, no podemos por último dejar de decir
que la navegación deportiva es la actividad que
más victorias ha dado a la República Argentina
en las competiciones internacionales.
Pero
quizás antes que un elenco de los intereses que
la actividad náutico-deportiva conforma en nuestro
país, creo que hay que resaltar el derecho de la
ciudadanía a gozar de una alta calidad de vida,
la Constitución Nacional establece que uno de los
objetivos del gobierno es propender al bienestar general.
Y ese bienestar general no debe ser limitado si esa limitación
no es exigida por una necesidad de orden superior.
La
limitación se concretaría en este caso en
un corte del Río de la Plata en una parte en la
que tiene 40 kilómetros de ancho, es navegable
por veleros en su mayor parte y no hay ninguna razón
de orden superior como para sacrificar sin consulta el
derecho de muchos argentinos.
Se comprendería y justificaría la construcción
en el caso que ésta fuera indispensable para la
economía nacional, y si queremos mirar un poco
más hacia el futuro, para la economía uruguaya
o para la constitución del Mercosur. En ese caso
podría sacrificarse el derecho que tienen los argentinos
de navegar libremente ese don de Dios que es el Río
de la Plata y que hoy se concreta en unos 11.000 tránsitos
anuales por la zona elegida para la construcción
del puente. Pero estamos convencidos de que no lo es.
Las
restricciones que impondría el puente tienen lugar
en un medio que como se dijo es único en el mundo,
lo es por sus dimensiones y características geográficas,
que puestos ya en el problema de la navegación
a vela, veremos que se traducen en vientos, nieblas, corrientes,
profundidades y un oleaje típico que requieren
de un espacio abierto para navegarlo.
Un
barco a vela no es libre de seleccionar su derrota en
función de los puntos de partida y de llegada,
su incapacidad para navegar en contra del viento determina
que la mayor parte de las veces el rumbo elegido sea un
compromiso entre el punto a arribar y la capacidad de
ceñida de la embarcación, pero además
la derrota con respecto al fondo difiere muchas veces
notablemente del rumbo seguido, pues sufren en grado sumo
los efectos del viento y de la corriente en forma de una
apreciable deriva y de un marcado abatimiento.
El
uso de uno, o tres, pasos fijos obligaría a la
navegación a vela a recorrer distancias desproporcionadas,
incompatibles con la reducida velocidad a la que se desplazan
y mucho más con la poca maniobra que los caracteriza,
que en función de lo que se expresó en el
párrafo anterior una travesía entre dos
puntos puede requerir numerosas bordejeadas, que con el
puente de por medio puede convertir en imposibles de realizar
en el tiempo de una singladura diurna normal.
Es
precisamente en esos pasos en los que se producirá
una concentración artificial del tráfico
y serán los veleros los que sin duda verán
el mayor incremento en el riesgo y en la tasa de accidentes,
cuando con su reducido tamaño y maniobra deban
compartirlos con los buques de gran porte o de extremadamente
elevada velocidad.
Es
precisamente en el pasaje principal en el que pueden ocurrir
los que la literatura técnica estadounidense llama
“accidentes catastróficos”, encuadrando
en esa categoría a los originados por buques que
al chocar una de las pilas producen la caída del
puente o de uno de sus tramos.
Podría pensarse que la probabilidad de ocurrencia
de un accidente de este tipo es bajísima, no obstante
las cifras de la experiencia nos indican que esa probabilidad
no es tan baja, habiendo ocurrido en los últimos
decenios un promedio de 1,5 accidentes por año;
por ello al colocar un concentrador artificial del tránsito
se debería tener presente este riesgo adicional
cuyas consecuencias serían verdaderamente catastróficas,
como los clasifica la definición americana, pues
cerraría el río y toda la cuenca del Plata
por un período cuya duración es imposible
de prever.
Debemos
adicionalmente tratar el comportamiento del río
en sí mismo; la intromisión de mil pares
de pilotes de aproximadamente cuatro metros de diámetro
cada uno, a los que presumiblemente deberán añadirse
las dimensiones de sus bases, conformará un verdadero
peine cuyas consecuencias en la sedimentación no
están debidamente estudiadas. Sin duda estamos
incorporando un factor de incertidumbre importante en
la evolución hidrográfica del río,
pues hay que tener especialmente en cuenta que Dios perdona
siempre, los hombres a veces, pero la naturaleza nunca.
El
puente tal cual ha sido pensado tendría su pasaje
principal en el lugar por el que hoy pasa el canal principal
de navegación, pero el Río de la Plata no
tiene definidos sus canales de una vez y para siempre,
no obstante ello, una vez construído el puente
será inamovible y el lugar que hoy se prevé
como el de pasaje restará fijo aunque el río
en su variación impredictible haga pasar la mayor
profundidad por otro lugar. Esto requerirá un dragado
adicional para mantener la máxima profundidad donde
el río no quiere tenerla; las consecuencias serán
muy simples: habrá que prever fondos extraordinarios
para un dragado específico cuyo única razón
será mantener un canal que la naturaleza quiere
cambiar.
Evidentemente este esfuerzo no debería ser pagado
por los puertos, o sea por los fletes del tráfico
marítimo argentino, pues este dragado será
una consecuencia del hecho que el puente haya sido técnicamente
pensado para que sea económicamente rentable a
su concesionario en lugar de responder a las características
específicas del Río de la Plata y a la realidad
de navegación que en él existe y presumiblemente
existirá en el futuro. A mi juicio todo el gasto
que se ocasionare por exigencias de dragado adicional
debería ser pagado por el concesionario del puente.
Dejando
de lado un poco el aspecto relacionado con la navegación,
habría que considerar las posibilidades reales
de marcha sobre la plataforma del puente, verdadera “autopista
elevada” cuando sople una sudestada que llevará
el agua a sus niveles normales de 2,5 ó 3 metros
sobre el cero del Riachuelo determinado que la platea
carretera se encuentre a unos 4 metros sobre el nivel
teórico del agua, nivel sobre el que hay considerar
las olas que barrerán el puente impulsadas por
los fuertes vientos propios en esas condiciones meteorológicas.
Las sudestadas y los pamperos no serán los mejores
amigos del puente y deberían ser tenidos en cuenta
al analizar las condiciones de empleo de la obra.
También
debería ser tenido en cuenta el riesgo de un accidente
de tránsito mayor en un puente de cuarenta kilómetros
de longitud sin posibilidades de acceso intermedio, riesgo
que sería incrementado si consideramos la posibilidad
de un atentado criminal en alguna parte del trayecto,
o simultáneamente en dos, más atravesándolo.
Lo
expuesto hasta ahora son los inconvenientes que el puente
puede generar y ello es una consecuencia que los trabajos
de preparación se han encarado sin tener en cuenta
que se estaba trabajando para una obra muy especial pues
debería cruzar el Río de la Plata; se lo
ha tomado como un “puente más”, sin
considerar que lo más importante no es la obra
en sí misma sino el hecho que se construya sobre
río que es una singularidad geográfica mundial
y que su situación condiciona las posibilidades
de distintos niveles de vida no solamente a sus ribereños,
sino a todos los habitantes de nuestro país.
Estos
errores en el enfoque se agravan enormemente con el trabajo
de la consultora internacional contratada: la empresa
Louis Berger cuyos estudios carecen de la seriedad debida,
pues no pueden calificarse de serios a los estudios especialmente
destinados a seleccionar una traza para la construcción
de un puente sobre el Río de la Plata en los cuales
no se haya encarado ninguno de los aspectos que se refieren
a la navegación.
Es
necesario recalcar especialmente que es cierto que el
puente afectará a la República Argentina
y al Uruguay, pero sin duda los intereses argentinos serán
mucho más afectados que los del país hermano.
Ante
las presentaciones efectuadas por distintas instituciones
relacionadas con el quehacer fluvial y marítimo
la Comisión Binacional ordenó tres estudios,
uno de ellos relacionado con la navegación, éste
que debería haber sido un paso previo y no ex post
facto de la decisión sobre la traza y concepción
general del puente, fue encargado al Servicio de Hidrografía
Naval Argentino y a su par uruguayo en forma conjunta
para que se expidiesen sobre las características
que debía tener la obra para ser construída
en la traza Punta Lara-Colonia, pero los servicios no
podían opinar sobre la traza propiamente dicha.
Ésta es inamovible. El estudio aún no fue
entregado.
Por
su parte las instituciones relacionadas con el tema encargaron
un estudio a la consultora naviera internacional Hidra,
la que estableció que, dentro de lo que es previsible
para un período tan largo como se prevé
la duración del puente, la altura mínima
que el tramo central debe tener es de 65 metros al cero
del Riachuelo, mientras que para permitir los cruces con
seguridad, la luz horizontal debería ser del orden
de los 600 metros.
En
el resto del puente el gálibo para permitir el
libre pasaje de la totalidad de los veleros debería
ser de 40 metros, considerando que la seguridad deber
ser proporcionada para las condiciones de mayor riesgo
náutico, o sea en la de los temporales del sudeste
o de pamperos, pues los veleros en navegación no
pueden elegir el tiempo ni la oportunidad de las tormentas,
por ello en la cifra establecida para el gálibo
marcado se incluyen 2 metros de altura del agua sobre
el cero, (cifra que es sobrepasada en ciertas oportunidades),
1 metro de sangría y 2 metros de movimiento vertical
de los veleros, pues a diferencia de los buques grandes
en los que la relación eslora-longitud de ola es
lo suficientemente grande como para que el buque contenga
en su eslora varias longitudes de onda con sus senos y
sus crestas, pero manteniendo aproximadamente su línea
de flotación en el nivel medio del agua, los veleros
con una pequeña relación eslora-longitud
de onda, navegan a veces en la cresta de la ola sumando
a la altura del nivel del agua, la altura de la ola existente
en el lugar. La luz horizontal para permitir maniobras
seguras debería ser del orden de los 200 metros
entre las pilas del puente.
Para establecer los valores se empleó el registro
correspondiente a los 8750 veleros matriculados en la
zona de influencia.
Estas
precisiones mejoran las condiciones de la navegación
en el Río de la Plata con respecto a las que existirían
si se construyere el puente con las indicaciones dadas
como mínimas por la Comisión Binacional,
pero dejan en pié muchas de las efectuadas, entre
ellas la imposibilidad de emplear el canal Martín
García con seguridad.
Los
valores indicados no son una propuesta para que el puente
se construya en la traza establecida, sino para que si
pese a todo, se sigue adelante con la idea de construirlo
en ella, sean aquéllos los valores mínimos
a emplear en las especificaciones.
IV-La
selección de la traza:
Se
debería indagar ahora en el tema de la segunda
pregunta, que en el orden lógica debería
haber sido efectuada antes de establecer las características
del puente a construir, y en ella es: ¿Cúal
es la traza más conveniente para una unión
física en el área del Río de la Plata?.
En
el estudio de la consultora Berger surge sin mucho fundamento
la traza Punta Lara-Colonia como la más conveniente
frente a una serie de trazas alternativas, varias de ellas
tenían su cabecera argentina en distintos puntos
de la costa rioplatense, desde Quilmes, vecina al Aeroparque,
como continuación de la Avenida General Paz y desde
Olivos, todas tenían en común entre sí
y con la de Punta Lara que debían cruzar sobre
el río en forma total, presentando ventajas e inconvenientes
estudiados especialmente desde la inserción del
puente en la ciudad, que evidentemente sería tanto
más conflictiva cuanto más densamente poblada
era el área de la terminal.
Pero
se agregó una traza con dos variantes: la correspondiente
al Delta que tenía una de las variantes que podríamos
llamar la del “frente del Delta” y otra que
corría por una zona ya más estabilizada
del Delta, que se iniciaba a la altura de Escobar y finalizaba
en las proximidades de Carmelo en el Uruguay.
Esta
traza tiene la gran ventaja que gran parte de la obra
es argentina, quedando como obra internacional solamente
una pequeña parte del cruce final del Río
de la Plata en su parte más estrecha o bien el
cruce sobre el río Uruguay.
Pero
la gran ventaja adicional que ella posee, es que seleccionando
un recorrido adecuado se comenzaría a solucionar
uno de los problemas de desarrollo que tiene la Argentina
actual y que es la existencia de un territorio abandonado
como lo es en estos días el Delta en casi su totalidad.
En
las conversaciones y en los análisis previos relativos
al puente siempre había aparecido como la más
conveniente pues permitía revivir a la zona y cumplir
un viejo anhelo.
La
traza por el Delta aparece descartada sin fundamento cierto
en el informe de la consultora Berger, tan es así
que los aspectos que llevaron a descartarla pueden resumirse
en: impacto ecológico, influencia en las inundaciones
locales, incertidumbre en la construcción debido
a la calidad de los suelos y costos de las obras.
Queda
claro que todos los aspectos que se señalan en
el párrafo anterior deben ser analizados antes
de efectuar una selección por dónde ha de
pasar
la unión física con el Uruguay, pero la
ligereza con la que se ha efectuado y el uso de verbos
en potencial y expresiones equivalentes, que se justifican
en el comienzo de la etapa de análisis pues indican
los puntos que hay que profundizar para llegar a un nivel
de conocimiento adecuado, pero que no deben aparecer en
un informe final sobre el cual se toman decisiones, quitan
toda validez al informe de la consultora.
Así
aparecen como elementos descalificatorios: el impacto
sobre especies raras y escasas y sistemas ecológicos
de valor particular, el incremento de niveles de inundación,
el cambio en los patrones de sedimentación, el
cambio en los canales de ríos, la eliminación
de desechos de dragado, el abastecimiento de materiales
de relleno y el impacto en uso de tierras desde el conector
a la autopista panamericana, pues a cada uno de los impactos
ecológicos indicados se le asigna un “probablemente
significativo”, estas expresiones derivadas de suposiciones
y que indican la necesidad de realizar estudios con mayor
profundidad, no efectuados, son las que fundamentan una
decisión de la importancia y transcendencia en
el tiempo como es la selección de la traza de un
puente que no solamente afectará a quienes hoy
vivimos en la Argentina, sino que por su envergadura ha
de perdurar por lo menos durante todo el siglo XXI.
Con
respecto a los impactos ecológicos indicados, y
para los cuales sería necesario efectuar los estudios
pertinentes, podemos no obstante contar con los datos
de modelos hídricos realizados por las autoridades
técnicas nacionales para la zona próxima
a la que se refiere el estudio de Berger y en el cual
las conclusiones desvirtúan totalmente los dichos.
Los
restantes aspectos del impacto ecológico y con
los cuales parecería que se quisiera crear una
especie de “cuco ecológico” para descartar
esta traza no tienen solidez y no resistirían un
análisis serio.
De
la misma manera se tratan los aspectos que se relacionan
con la construcción, como ser la capacidad del
terreno para soportar el terraplén del camino.
La experiencia existente en la construcción de
rutas sobre terrenos semejantes y una correcta ubicación
del trazado hacen que hoy desde el punto de vista de la
ingeniería civil esta construcción es una
obra simple que no presenta inconvenientes.
También
hay que resaltar el aspecto de los costos derivados por
un lado de la adopción de una cota de 6 metros
sobre el terreno local, la que aparece como excesiva y
lógicamente eleva innecesariamente los gastos;
el solo hecho que las entidades del Delta hayan presentado
en su momento un estudio en el cual el costo total de
la unión física con el Uruguay por la traza
Delta sea un tercio del estimado por la consultora, nos
indica la necesidad de analizar con detenimiento las cifras,
pues la disparidad es de tal orden que descalifica cualquier
decisión tomada en base a ellas.
En
resumen no hay ningún estudio serio que permita
descartar como conveniente la traza correspondiente al
Delta, en las expresiones de la consultora se descalifica
con ligereza los aspectos ecológicos en base a
estudios no realizados, y en algunos aspectos en los que
existen estudios como es el importantísimo del
comportamiento del río en caso de crecidas, los
existentes desmienten la apreciación utilizada
para desechar esta solución. En otros aspectos
se adoptan alturas de terraplenes excesivas y aparecen
costos que triplican los presentados por quienes presentaron
en su momento una propuesta para construir la unión
por este trazado.
Lo
indicado hace que sea totalmente cuestionable por su ligereza
la conclusión a la que arribó la consultora
contratada para el caso.
Se podría indicar además que esta obra puede
ser utilizada para endicar algunos grupos de islas y recuperar
lo que hoy son terrenos perdidos, el Instituto Nacional
de Tecnología Agropecuaria ha trabajado largamente
sobre esto y ha producido profundos estudios en los que
proponen la construcción de un endicamiento sobre
80.000 hectáreas, uno de cuyos lados podría
ser la carretera al Uruguay.
Vista
con ojos de argentino la selección efectuada nos
aparece, sin duda, como una gran oportunidad perdida.
V-La
necesidad del puente:
Finalizaremos
este análisis por la pregunta que debería
haber realizado al principio: ¿Es necesaria la
construcción de un puente sobre el Río de
la Plata?.
Ubicándonos
en el principio del siglo XXI y creyendo que el proceso
de complementación, o integración, con los
países del Cono Sur es no solamente conveniente
sino necesario, partimos de la idea que toda unión
física con el Uruguay es conveniente, pero sus
costos, incluyendo en ellos no solamente los monetarios,
sino también los problemas o alteraciones que provoca
a otros aspectos de la vida argentina, deben estar compensados
por los beneficios que produce o por los problemas que
resuelve.
El
primer enfoque que se tuvo sobre el puente lo consideraba
un nexo turístico, luego el Presidente Lacalle
lo cambió y le dio un sentido uruguayo, cuando
expresó que el puente tiene que ser el medio que
permita al puerto montevideano recibir parte de la carga
actualmente destinada al puerto de Buenos Aires, pero
también le dio un posible sentido integrador del
Mercosur y es cuando dice que el puente debe permitir
el tránsito carretero entre Buenos Aires y San
Pablo, es más integrando el corredor Santiago de
Chile, Buenos Aires y San Pablo. Esta proposición
es atrayente.
La
proposición de constituir un nexo carretero a través
del Uruguay no es la solución para el tránsito
carretero pues el trayecto más conveniente es a
través de la Mesopotamia argentina lo que permite
cruzar un solo paso aduanero, el correspondiente a la
frontera argentino-brasileña y no dos, los correspondientes
a las fronteras argentino-uruguaya y uruguayo-brasileña,
con todas las demoras y gastos que implicaría el
doble cruce. Podría argüírse que en
el futuro no existirán las fronteras entre nuestros
países, puede ser cierto sin duda, pero eso es
un futuro aún lejano.
Más
importante como limitación material es la red vial
existente en el Uruguay que no permite de ninguna manera
recibir el intenso tráfico carretero que hoy pasa
a través de las provincias de Entre Ríos
y Corrientes.
La
posible construcción del puente Rosario-Victoria
determinará que el tráfico proveniente del
centro y del oeste de nuestro país, así
como el chileno, elijan esa ruta por ser más corta
y además tener una sola frontera.
Por su parte el tráfico tanto turístico
como comercial entre la Argentina y el Uruguay se realiza
sin inconvenientes y a costos razonables empleando los
puentes existentes y los modernos medios de navegación
que hoy cruzan el Río de la Plata. Su densidad
y características no imponen la creación
de un nuevo vínculo.
En
resumen se puede decir que un puente es siempre bienvenido,
pero en los plazos que se pueden manejar en una acción
de gobierno, las necesidades del intercambio de todo tipo
con el Uruguay no justificarían de ninguna manera
los inconvenientes que generaría su construcción
en la traza Punta Lara-Colonia.
VI-Aspectos
adicionales:
Habría que analizar el concepto general con el
que se piensa construir la obra, que es el de concesión,
en ella el concesionario debe afrontar todas las inversiones
necesarias para poner la obra en estado de servicio sin
ninguna contribución estatal.
Este
principio es interesante, pero debe ser aplicado con mucha
prudencia, pues cuando la complejidad o redundancias que
deber tener la obra para cumplir con las exigencias del
bien general aumentan los costos previstos, lleva a que
el interés público sea, como en este caso,
subordinado al interés privado de los inversores,
a través de una simplificación de las exigencias
para asegurar una tasa de retorno que haga atractiva la
inversión.
Ciertas
obras de la infraestructura básica del país
deben encararse con el criterio de obra pública,
pues no siempre el interés general coincide con
el de algunos inversores.
También
merece un párrafo el acuerdo internacional que
debe firmarse con el país hermano, en él
además de crearse una jurisdicción especial
para lo relacionado con la obra, lo que es lógico
y habitual en este tipo de emprendimientos binacionales,
se establece una exención de impuestos para la
construcción y gestión del puente, esto
que puede ser aceptable, es en el fondo una subvención
al concesionario; pero lo que sin duda no es aceptable
es la existencia de una cláusula por la que el
país se compromete a no construir per se, ni a
permitir la construcción de ninguna otra unión
sobre el Río de la Plata, se quiere preservar al
concesionario de la competencia pero se condena a proyectos
que podrían encararse para el desarrollo del Delta.
VII-Conclusiones:
En
resumen, en base a lo hasta aquí expuesto es mi
opinión que el puente sobre el Río de la
Plata, tal cual está siendo llevado a cabo por
la Comisión Binacional es inconveniente para los
intereses de nuestro país, y ello como consecuencia
de haberse basado la selección de la traza en el
estudio realizado por la consultora Louis Berger sin la
profundidad que la importancia del tema imponía.
Dos
son los problemas que el país deberá enfrentar
de continuarse con las obras tal cual estaban planeadas,
por un lado los inconvenientes a la navegación
y al Río de la Plata que el puente crearía,
como consecuencia de las características técnicas
de la obra, condicionadas a su vez por el sistema de financiamiento
adoptado –la concesión, en la que la explotación
del puente debe subvenir a todos los gastos-, pero por
otro la selección de la traza posterga la zona
del Delta en favor de una obra cuyos beneficios no compensan
los problemas que generará.
Creo
que es imprescindible rever la selección de la
traza.
VIII-A
modo de colofón:
Aparte
de lo expuesto y a especie de colofón, me importa
aclarar mi posición en el tema del puente, pues
he sido acusado de atacarlo por defender
mis intereses en el Delta, aclaro que no tengo por mí,
ni por interpósita persona ningún interés
económico, pecuniario o de cualquier tipo en el
Delta, salvo el de ser asiduo concurrente a él
desde hace cincuenta años y ser parte de nuestro
querido país.
Espero que en la República Argentina hayamos crecido
y que a los juicios se los discuta con otras ideas y datos,
pero no con el recurso de tratar de desacreditar a quien
tiene opiniones opuestas a una cierta línea de
acción.
San
Isidro, 27 de febrero de l998
