ACADEMIA DEL MAR
CUADERNO TALÁSICO
Nº 23
Presentado
por:
Académico
de Número 33
Julio C. Bazán.
Tema:
“Marina
Mercante Nacional.”
Presentación:
Septiembre de 2001.
Expuesto y debatido en la Sesión Plenaria Ordinaria
Nº 51 de :
25/09/01.
Buenos
Aires
2001
“Toda
Nación que deja hacer por otra una navegación
que podría hacer ella misma, disminuye
sus fuerzas reales y relativas a favor de sus
rivales” |
Señor
Presidente:
Desde
tiempo inmemorial el hombre a vivido obsesionado con la
idea de expandir su comercio más allá de
sus propias fronteras y el agua ocupó lugar preponderante
como vía de transporte efectiva y económica
para su desarrollo comercial allende el mar, donde el
atractivo de aquellos mercados incidiera fuertemente en
la búsqueda del medio idóneo que le permitiera
su conquista.
Pero
hubieron de pasar muchos años hasta que el medio
de transporte resultara medianamente eficiente para responder
a los fines perseguidos: la propulsión a velas
y la maquina a vapor fueron hitos trascendentes en el
desenvolvimiento del transporte marítimo, para
concluir en los tiempos digitales que vivimos con la aplicación
nuclear al buque mercante en escala comercial, para el
mantenimiento de los tráficos mas distantes y de
manera mas competitiva.
La
historia nos refiere antecedentes vividos del movimiento
mercantil de los siglos XIII al XV, cuando el Mediterráneo
fuera el centro de distribución de los mercaderes
que alimentaban las satrapías y colonias de sus
costas. Eran tiempos en que la figura del armador y fletador
se confundían en una misma identidad, porque para
su expansión comercial necesitaba armar su propia
expedición marítima, para transportar su
propia carga.
Los
fenicios que pese a ser un pueblo navegante por excelencia
e indiscutida su influencia en la navegación comercial
del Mediterráneo no han dejado nada perdurable
de legislación marítima.
Pero
no es ésta la época donde habremos de hallar
los primeros antecedentes orientados a ordenar el transporte
comercial de cargas por agua, el Código de Hamurabi
refiere disposiciones aisladas que se remontan al 2100
A. C. Quiero con ello ponderar la antigüedad que
posee esta inquietud del hombre por crear normas de regulación
para el ordenamiento del transporte marítimo y
cuan ponderable su esfuerzo por desarrollar una actividad
que habría de tener tanta trascendencia en el contexto
del comercio mundial.
Para
ello fue imperioso implementar adocenadas estrategias
tendientes a su protección, particularmente por
los países marítimos tradicionales, no obstante
que cuando países “nuevos” como el
nuestro dictaran normas de apoyo a sus marinas mercantes,
enseguida se agitó por parte de aquellos el fantasma
de la “flan discrimination”.
Con
el devenir histórico de los tiempos, se concluye
en que la Institución Marina Mercante es la herramienta
idónea con la que se viabiliza el comercio exterior
entre aquellos países separados por el mar. Y es
así que desde su remoto origen el transporte marítimo
siempre hubo de necesitar un marco de protección
que garantizara su ejercicio.
Es
axiomático que junto a las marinas mercantes de
los países mas desarrolladas del mundo, encontremos
claros signos de protección a su bandera y que
nosotros también adoptáramos cuando nuestro
Pabellón Mercante flameara en todos los mares del
mundo.
Y
es con verdadero sentimiento de pesar que expreso la idea
en pretérito, por que nuestra Institución
Marina Mercante ha desaparecido de los mares del mundo,
donde hasta ayer aportarla crecimiento de nuestro comercio
exterior y a nuestra soberanía comercial, por ello,
cuando la tuvimos pujante y vigorosa, éramos partidarios
de dar a sus armadores medidas que se tradujeran en creciente
flujo de cargas hacia la bodega nacional, aún a
riesgo de ser acusados de implementar “prácticas
discriminatorias”… pero que hubo de importar
si podemos exhibir de propios y de extraños un
copioso capítulo de agravios que concluyeron con
la extinción de nuestra Marina Mercante…
¿Cuándo concluiremos por responsabilizar
por lo menos ante la historia a aquellos que hicieran
a su destrucción?
Pero
volvamos a la realidad de nuestros días y procuremos
de encontrar el camino crítico de las alternativas
conducentes a la refundación de nuestra Marina
Mercante, puesto que esta sería prioridad nacional
y aunque suene como colosal paradoja, previo a cualquier
intento deberíamos pensar como recomponer la autoridad
de aplicación que regule su actividad, ya que es
evidente su actual desinterés por las actividades
fluviales y marítimas.
Lo
importantes es entonces crear una conciencia nacional
sobre la importancia de contar con una marina mercante
ágil y vigorosa en toda la plenitud de virtudes
que la expresión encierra, porque es la manera
idónea de ejercer nuestro libre albedrío
comercial.
Digamos
entonces que es imprescindible con una Marina Mercante
de Ultramar que le permita al País encausarla corriente
de su intercambio hacia los mercados compradores y vendedores
mas convenientes al par que participar activamente en
la regulación de los fletes internacionales.
Es
un hecho incuestionable que la economía argentina
depende de la seguridad de su Comercio Exterior, cuyo
intercambio se transporta en más de un 90% por
vía marítima y esta la razón fundamental
para dotar a la Marina Mercante de Ultramar, de los medios
necesarios para que participe en una Proporción
Justa y Razonable en el transporte de su riqueza.
Es
el comercio de nuestro País el que genera parcialmente
las distintas corrientes de tráfico y es por ello
precisamente que tiene derecho a participar en su transporte,
de allí en más la necesidad de una protección
que no genere resentimiento por parte de las otras banderas
que también por tener a la República Argentina
en sus rutas accede al transporte de sus cargas como tercera
bandera.
Porque
es nuestro propio Comercio Exterior el que justifica la
tenencia de buques mercantes bajo el Pabellón Nacional
y no el comercio exterior de los demás. El desafío
es tener una Marina Mercante ágil y vigorosa, capaz
de transportar parte sustancial de nuestro comercio y
ésta la razón por la que debe ser protegida
con diversas medidas que aseguren su pervivencia en todos
los mares del mundo.
Quién
puede negar a un estado soberano al derecho a la protección
a los tráficos que se generan en su territorio,
cuando dicho tráfico es una realidad económica,
fruto del trabajo de su gente y de la bondad de su suelo.
Digamos entonces que desde su remoto origen el transporte
marítimo hubo de necesitar un marco de protección
que garantizara su ejercicio, como factor trascendente
para desarrollar una política exterior.
De
allí la necesidad de refundar nuestra propia Marina
Mercante como valiosa y genuina fuente de trabajo para
las tripulaciones de nuestra comunidad marítima
y en general de toda la actividad que genera un buque
para mantenerlo en adecuadas condiciones de navegabilidad.
La
cuasi insularidad de nuestro territorio y la extensión
de nuestro litoral, amerita sin demasiado análisis
la necesidad de contar con una Marina Mercante dispuesta
a servir sus puertos que hoy con profusión alientan
el desarrollo del comercio de Argentina… y aunque
no aportara un solo dólar a la balanza de pagos
del País, el solo hecho de su existencia significaría
un aporte sustantivo para la reactivación de la
economía nacional.
Pero
digamos también que uno de los componentes determinantes
de la deformación de nuestra balanza comercial,
ha sido históricamente la falta de una Flota Mercante
Nacional que compute el valor de los fletes ganados por
la bandera, como un “commodity” más.
No
es una fantasía definir el flete como una mercancía.
Es una realidad económica, así como la Marina
Mercante es una realidad histórica.
Debemos recordar que recién a la finalización
de la Segunda Guerra Mundial es cuando los países
subdesarrollados mostraron algún interés
en promover el desarrollo de sus marinas mercantes, ya
que el negocio naviero internacional estaba servido por
los países tradicionalmente marítimos.
Por
entonces los fletes y los seguros marítimos no
habían merecido adecuada atención por parte
de los países nuevos, hasta que la reactivación
económica de los que fueran beligerantes, generarán
la disminución del superávit de la balanza
comerciadle países como el nuestro… y aquellos
que en la actividad fuera subestimado, particularmente
el flete marítimo, tomaba colosal dimensión
en el contexto del negocio internacional.
Y
es en este acontecer coyuntural que los países
“nuevo” toman conciencia de la necesidad de
proteger sus propias cargas, defendiendo integralmente
los valores costo, seguro y flete de su comercio.
Aquí
se entronca la idea de que para ejercer el libre albedrío
comercial, es menester afianzar el derecho a transportar
en buques de su bandera, una parte substancial de su comercio
exterior, intento fuertemente resistido.. Y es tal, que
recién en la década de los 60 la reclamación
de este derecho fue proclamado en el seno de las Naciones
Unidas.
Y
en esta desigual pugna de las incipientes Marinas Mercantes,
la lucha no era pareja fundamentalmente por carecer de
magnitud empresaria, frente al desarrollo secular de las
otras marinas.
Fue
así, que para poder competir con las grandes potencias
en el transporte internacional de cargas por vía
marítima, fue menester hurgar en los antecedentes
aleccionadores de la historia, exhumando la doctrina del
Acta de Navegación de Oliver Cromwell (año
1651), que reservaba el transporte de la carga de importación
de Inglaterra a su Marina Mercante y a la del país
exportador. Hoy diríamos que el transporte generado
por el intercambio bilateral, quedaba reservado a las
dos primeras banderas.
Fue
precisamente al amparo del Acta de Navegación que
Inglaterra basó su dominio en los mares del mundo,
hasta convertirse en la primera potencia marítima
de su tiempo, no en vano aquel instrumento jurídico
mantuvo cási dos siglos de vigencia, desde el año
1651 hasta el 1849 con el advenimiento de “La Libertad
De Los Mares”.
Y
es en plena vigencia del Acta de Navegación y cuando
por imperio de la revolución industrial, se genera
en Inglaterra un exceso en la producción de bienes
manufacturados, que en mucho superaba la demanda interna,
que se impone la búsqueda de mercados externos
para la exportación de sus excedentes.
Coincidente
con esta instancia histórica, ADAM SMITH publica
en el 1776 su obra “INVESTIGACIONES SOBRE LA NATURALEZA
Y LAS CUSAS DE LA RIQUEZA DE LAS NACIONES”, verdadera
apología al libre comercio entre todas las naciones
del mundo.
En esta obra cumbre del liberalismo económico,
Adam Smith planteaba una sola excepción al libre
comercio propuesto para Inglaterra: El Acta de Navegación
dada por Cromwell 125 años atrás, para la
protección de su Marina Mercante. Esta circunstancia
ameritó el bien fundado juicio de que Adam Smith
antes que liberal era inglés.
Digamos
al fin que la doctrina del Acta de Navegación fue
antecedente para que en nuestra legislación cobrara
vida la LRC, según se la conociera en tiempos de
su vigencia a la Ley DE RESERVAS DE CARGAS Nº 18.250/69
y en su reforma la Ley Nª 19.877/72. Por ellas, fundamentalmente
las importaciones destinadas a empresas u organismos del
Estado o a particulares favorecidos con algún beneficio
de tipo fiscal, quedaban reservadas para los buques de
bandera argentina.
Por
esta vía pudo también asegurarse el intercambio
regional con medios propios. En otras palabras las banderas
nacionales deberían defender apasionadamente el
costo y el flete de su comercio, para asegurarse de que
su transporte sea ganado por ellas y contribuir así
su respectiva balanza comercial no solo con el FOB de
la carga, sino también con el flete.
A
partir de este razonamiento comienza a tener vigencia
la necesidad de que nuestros países puedan y sepan
propiciar un marco que garantice el derecho a transportar
su comercio o a ceder parte de él, mediante de
acuerdos de reciprocidad.
Con esta política la bandera extrazonal tendría
reservado un papel supletorio y las marinas mercantes
de los países “nuevos” la posibilidad
de desarrollarse y crecer para tener presencia en los
tráficos generados por le comercio de la zona.
Esta
participación en el “cross trade” significaría
un aporte neto de divisas ganadas para la economía
nacional como tercera bandera, en el intercambio comercial
entre terceros países, factor trascendente sobre
el que sería posible edificar una política
exterior y una estrategia.
Es evidente que para la tenencia de una Marina Mercante
eficiente, se impone inexorablemente la necesidad de implementar
en la propia política naviera, un marco de protección
que no resulte odioso, pero que sostenga con firmeza y
determinación, el derecho soberano a transportar
su comercio.
Pero
digamos también que así como aparece casi
insoslayable la necesidad de refundar nuestra Marina Mercante,
el puerto y su operatoria también nos esta reclamando
su adecuación a las nuevas exigencias informáticas
y operativas de los tiempos que vivimos, porque en el
contexto del negocio naviero, su operatoria insume significativo
porcentaje de los fletes devengados.
Todavía perdurará en la memoria de todos
nosotros la excelente exposición que mi dilecto
amigo Pedro Fo0x, pronunciara aquí, en este mismo
ámbito, el último martes de Agosto del año
ppdo y quizás resuene todavía en nuestros
oídos el destino casi apocalíptico que los
tiempos reservarían para nuestro Puerto, para nuestro
Comercio Exterior y para nuestra actividad mercante, si
no se dieran los instrumentos idóneos para su preservación,
frente a la amenaza de los “megacarriers”
que intentarían concentrar la carga en un gran
puerto de transferencia localizado al Norte del Río
de la Plata y al sur del Ecuador.
Es
prudente aquí recordar que la irrupción
del Post Panamax en los mercados del mundo y ha sido generada
y alentado por los volúmenes de carga que se originan
en tráficos puntuales. Prueba de ello son los tráficos
alrededor del mundo (Arroen of the world), que navegando
el Hemisferio Norte en sentido Este/Oeste-Oeste/Este hacen
a los excelentes resultados de explotación que
alientan y sustentan el concepto de la máxima capacidad
de transporte, para mayor beneficio económico…
para el mejor “profit”.
Esta operatoria portuaria responde a la realidad incontrastable
del comercio que genera el Hemisferio Norte en sus mercados
horizontales y aunque no sea esta nuestra realidad hemisférica,
tampoco estamos exentos ni a resguardo de operadores portuarios
“off shore”, por lo que posee vigencia plena
lo expresado por Pedro Fox. Imaginemos por un momento
el mundo actual sobre una proyección “Marcador”
y seguramente tendremos la visión de las grandes
concentraciones demográficas que harán comprensible
la escala del “shipping” al Norte del Ecuador.
La transformación experimentada en el comercio
internacional, no ha incidido solamente en las formalidades
de la negociación de compraventa, según
lo refieren los INCOTERMS 2000 dados por la CCI, sino
que el propio transporte en su versión multimodal,
ha determinado que los puertos tradicionales no sean el
mero espacio de la carga de importación y exportación
para su recepción o despacho.
Y hecha la mención de los INCOTERMS 2000, aparecería
como irreverente no dedicarles un párrafo, aún
a riesgo de que ello implique alterar la cadencia de mi
exposición.
La
economía global a dado curso a los negocios en
escala jamás conocida en el mundo y lo volúmenes
y diversidad de contratos han incrementado también
las posibilidades de litigios y de allí la necesidad
de que los contratos de compra ventas provean precisión
en su redacción.
Por esta razón la CAMARA DE COMERCIO INTERNACIONAL,
que ya en el año 1936 ha creado los INCOTERMS como
conjunto de normas oficiales para la interpretación
de los términos comerciales, debió en el
año 2000 incorporar una serie de nuevos términos
en consideración a la difusión de zonas
libres de aduanas, las comunicaciones electrónicas
y los cambios en la práctica del transporte.
Digamos entonces que los INCOTERMS son reglas internacionales
para la interpretación de los términos más
utilizados en el comercio internacional. Y a estas reglas
conocidas originariamente como INCOTERMS 1936 se fueron
incorporando sucesivas modificaciones en los años
1953, 1967, 1976 y 1980 hasta concluir en los INCOTERMS
2000, hoy vigentes.
A titulo de curiosidad, digamos que de las trece reglas
actuales, solo seis de ellas responden al transporte marítimo
(FOB – FAS – CIF – DES – DEQ)
Pero volvamos al relato y digamos que hoy el puerto moderno
es el nudo de la negociación y distribución
de la carga, es el eje y centro de la operatoria pre y
post terminal. Lamentablemente el Puerto de Buenos Aires
en su actual estructura carece de espacios para la creación
de zonas de actividad logística, como actividad
industrial para conectarse con su Hinterland, que en realidad
es el país todo, no olvidemos que el Puerto de
Buenos Aires con sus terminales y Dock Sud movilizan más
del 40% del Comercio Exterior de Argentina y el 90% del
tráfico de contenedores , de cuyo porcentaje el
305 aproximadamente corresponde a Dock Sud (Exolgan),
donde en la actualidad se están realizando tareas
para implementar una zona de actividad logística
(ZAL) para almacenaje, distribución y transferencia
de cargas al sistema ferroviario y carretero.
Es
opinión de los expertos que el futuro del Puerto
de Buenos aires, tendrá a la unificación
de terminales hasta concluir en una drástica limitación
de operadores.
Existes
hoy varios proyectos de Terminales Portuarias en el ámbito
metropolitano e incluimos en esta apreciación la
construcción de la Terminal de Pasajeros que según
lo ha expresado la actual Administración General
de Puertos (AGP), estará inserto en el tratamiento
de la Rivera completa, en cuyo proyecto deberá
incluirse la creación de Zonas de ruptura y transferencia
de cargas, o zonas de actividad logística (ZAL)
como hoy ya se denominan en los puertos europeos a estos
espacios que operan como verdadera extensión de
los muelles en la vieja concepción de los puertos.
Digamos
finalmente que podrán las corporaciones portuarias
agruparse en mega operadores “of shore”, como
también las navieras de otras nacionalidades acordar
asociaciones estratégicas, pero lo defensa de nuestro
comercio exterior,. Como la de nuestra Marina Mercante
y nuestros puertos, deberán ser prioritarias en
la implementación de nuestras políticas
universales, si es que realmente somos capaces de sustentar
nuestra soberanía comercial.
Exhumemos pues de los anales de nuestra vieja legislación,
todo cuanto pueda servir de sustento para un desarrollo
sostenido, sin privilegios odiosos, pero con normas y
regulaciones que propicien una legitima evolución
de nuestra actividad mercante a tono con el papel protagónico
de nuestro propio comercio y enfatizo que no estoy proclamando
un Estado protector y paternalista que concluya subsidiando
o subvencionando.
La
propuesta conlleva en si misma idéntico entusiasmo
al de aquellos días en que nuestra Marina Mercante
fuera factor trascendente para desarrollar una política
exterior, ajena al tatulaje de las grandes potencias marítimas.
Abonan esta actitud, razones de índole económica,
razones de política superior y de estrategia.
Cuando
nuestra idea ganadora haya tenido éxito eco favorable
y el Estado Nacional haga suyas las decisiones políticas
de poseer una Marina Mercante Nacional y puertos ordenados
con tecnología informática y operativa de
avanzada, será el tiempo de impulsar a la inversión
privada para que defina el modelo de Empresa Armadora
bajo Bandera Nacional acompañada o no por el Estado,
pero capaz de insertarse favorablemente en el Mercado
Internacional.
Y
entonces, cuando nuestro Pabellón Mercante vuelva
a flamear en los mares del mundo, transportando nuestro
comercio como expresión de genuina soberanía
comercial, recién entonces, habremos contribuido
positivamente a su desarrollo y a la honra de quienes
fueran los hacedores de nuestra institución Mercante.
Buenos
Aires, 25 de septiembre de 2002
Disertante:
Julio César Bazán
Tema: Marina Mercante Nacional
