RIO DE JANEIRO- No todos en Río de Janeiro han dedicado tanto tiempo a los pingüinos como Cecilia Breves, pero incluso para ella, existe una curva de aprendizaje.
Sus nuevos amigos pingüinos, pareciera, no están interesados en el igloo de plástico rojo que les compró, salvo cuando llueve. Tampoco son todos los jóvenes adeptos a tragar sardinas enteras-ya rompió mas de una procesadora preparándoles sus licuados de pescado diario. Y cuando tomó la costumbre de mecerlos en su falda para mirar TV por las tardes-siendo como son, aves salvajes no voladoras y no entrenadas para ir a hacer sus necesidades afuera-no le tomó mucho tiempo darse cuenta que primero debía envolverlos en una toalla por cuestiones de higiene.
“Estaba muy contenta cuando tenía uno o dos, porque son tan lindos. Me seguían a todos lados”, dice Breves, 57 años, fotógrafa jubilada. “es mucho más difícil cuando hay ocho”.
La gran cantidad de pingüinos jóvenes que han arribado a las soleadas playas de Brasil ha confundido a todos los que se han puesto en contacto con ello. Cada verano y a principios de otoño, algunos pingüinos, grises y blancos, de Magallanes son esperados por desvíos y por el arrastre de las corrientes oceánicas a mas de 2000 millas al norte de sus respectivos hogares al sur de Argentina, cerca del fin del mundo.
“Nunca vi nada como esto”, este año es diferente. Mas de mil pingüinos han aparecido en las costas de Brasil, casi tan al norte como el Ecuador. Para cuando sus pies membranosos tocan la arena, muchos están débiles y exhaustos, a veces habiendo perdido hasta ¾ de su peso corporal. Son muchos los que mueren.
“Este año es completamente anómalo”, dice Lauro Barcellos. Un oceanógrafo que fundó un centro de rehabilitación para pingüinos en el sur de Brasil. “…he trabajado en esta área durante 35 años, y nunca he visto nada como esto…”
Los zoológicos están construyendo nuevos lugares para los pingüinos. Los cuidadores están aprendiendo como darles primeros auxilios. Los científicos están utilizando satélites para seguir sus movimientos. Los amantes de los animales, como Breves, están hospedando a los pingüinos para ayudar a los zoológicos y centros marinos que ya están repletos.
La semana que viene, los brasileros planean cargar 50 pingüinos en un buque de la marina para que inicien su viaje de vuelta a casa. Mientras, algunos científicos sugieren que el cambio climático puede estar jugando un papel muy importante en la invasión de los pingüinos. La pregunta sigue sin ser contestada: Qué es exactamente lo que esta pasando? “Nadie esta muy seguro”, dice Ricardo Burgo Braga, un estudiante graduado en biogeografía polar en el sur de Brasil que ha empezado a estudiar el fenómeno.
Es normal que los pingüinos de Magallanes, que pasan meses en el océano, dejen sus colonias en el sur de Argentina y remonten la corriente de Malvinas, fría y muy rica en plancton, que va desde la Antártida hacia el norte bordeando las costas de Sudamérica, en busca de anchoitas. Los remolinos de una segunda corriente, la Benguela del sudoeste de África, cruzan el Atlántico hacia Brasil. Mientras que los pingüinos normalmente empiezan el regreso cuando chocan con las aguas cálidas de la corriente de Benguela, este año sus aguas fueron “excepcionalmente frías”, dijo Bragas. En adición a esto, la corriente de Malvinas, con grandes vientos, ha sido particularmente fuerte. “Esta es una situación normal, pero es la renovada intensidad de ésta lo que estamos tratando de entender”, dijo Braga.
¿Un resultado del cambio climático? Mientras que los cambios climáticos han sido implicados en el derretimiento de los polos y en el cambio de partes de la selva amazónica en zonas de sabanas o llanuras, algunos científicos dicen que no hay datos suficientes sobre cómo afectan los cambios climáticos a estas corrientes.
“Esto es extremo pero no tenemos estadísticas con el número de pingüinos y las temperaturas oceánicas”, dijo José Marengo, un climatólogo del Instituto Nacional de Brasil para la Investigación Espacial y un miembro del Panel Intergubernamental sobre cambio climático de la ONU. “Algunas de la mayores incertidumbres que tenemos sobre corrientes oceánicas”.
Ha habido otro cambio inusual en el océano fuera de las costas de Brasil. En el 2004, los científicos registraron a Catrina, el primer huracán generado en el Atlántico del Sur. Pero sólo en los últimos 10-15 años han estado los satélites recopilando información sobre los remolinos que se mueven a través del Atlántico y no hay una comprensión científica firme sobre dónde y por qué las corrientes como la de Malvinas terminan, dijo Antonio Busalacchi, un oceanógrafo y experto en clima de la Universidad de Maryland.
“Claro que hemos estado viendo cambios en la circulación oceánica en el Hemisferio sur”, dijo. “La pregunta para el futuro es cómo va a variar con el cambio climático como telón de fondo; y todavía no conocemos la respuesta”. Mientras tanto los pingüinos como los humanos en Brasil se ven obligados a adaptarse.
“Este año realmente no fue normal”, dice el Capitán Rodrigo Maia “Es increíble. No lo podemos creer”. Su puesto en la playa de Copacabana se transformó en una sala de primeros auxilios para las aves exhaustas. Los guardavidas los secan con sábanas y toallas, los mantienen calientes con lámparas, se fijan si tienen algún hueso o espina de pez en la garganta y llaman al zoológico para que los busquen. La gente que va a la playa a veces elige otras metodologías.
“Los ponen en baldes con hielo. Piensan que les gusta porque son de ambientes fríos”, dice Maia. “Cuando vemos eso, tenemos que correr a explicarles que es la manera equivocada de manejar a estos animales. Es una locura”.
Al 21 de septiembre el zoológico Niteroi había recibido 556 pingüinos, comparado sólo con siete pingüinos en todo el 2007.
Cientos de pingüinos, muertos, débiles, algúnos empetrolados, llegan a las costas de Florianópolis, y tan al norte como Salvador y Recife.
Los veterinarios trabajando, hace unos días, en un cuarto de azulejos blancos en el zoológico, parecían investigadores documentando una atrocidad acuática. Docenas de pingüinos, algunos con aletas quebradas o con heridas abiertas, yacían catatónicos en palanganas de plástico en el piso. Una lámpara calentaba a un pingüino sobre una mesa de acero inoxidable mientras los veterinarios lo alimentaban con sonda. Los pingüinos reciben inyecciones de glucosa, vitaminas y antibióticos para gusanos y hongos. “A veces no tienen fuerza suficiente como para respirar”, dice Thiago Muniz, uno de los veterinarios. “Muchos han muerto por fatiga”.
Aquellos que se recuperan lo suficiente son trasldados a las piletas donde pueden nadar y comer corvinas enteras; al lado de la jaula de los leones. Los oficiales del zoológico han arreglado para que 50 de los pingüinos viajen en un barco de la marina a Río Grande el martes, donde se quedarán en un centro de rehabilitación hasta que puedan nadar de vuelta a la Patagonia.
Para algunos, aguarda una triste despedida. Este viaje de regreso no siempre les cae bien a algunos de los brasileros, que han llegado a amar a sus extraños visitantes. En el departamento de Breves en Río, los pingüinos tienen la libertad de poder pasearse por la terraza con palmeras y nadar en la pileta caliente del techo. Cada uno-Fernandinha, Claudinha, Queridinho, Pity, Predileto, Tutuca, Colhidora y Smarty-tiene una personalidad que Breves, y su amiga Lucia Estrella, que dirige una organización sin fines de lucro para aves, han llegado a distinguir. “No pienso que la gente necesite tener a los pingüinos como mascotas, pero no estoy de acuerdo en que devuelvan al océano a animales que han sido alimentados y cuidados”, dice Breves. “Si no se hacen las cosas bien, los estás mandando a morir”.
Después de que Estrella terminó de abrirle el pico a un pingüino muy débil y lo alimentó con sardinas congeladas, mira feliz como el ave aletea bajo el sol tropical. Una vista majestuosa de la cuidad y el océano se ve, en un día glorioso. Susurra Estrella, “no es mejor esto que estar nadando por ahí, perdido entre las olas?”.
Traducción , cortesía de Mirna Laura Pohorylow, Secretaria