LOS
SECRETOS DEL HIELO
La Argentina fue el primer país del mundo en contar
con una base permanente en la Antártida, en 1904.
Hoy la visitan turistas y es el centro de las miradas
de los científicos por ser la mejor ventana para
estudiar el cambio climático, la amenaza del planeta
Domingo
15 de abril de 2007
Mirada desde muy alto, a través de los ojos de
un satélite, su imagen parece la hoja de un árbol.
Los
pingüinos son las aves más
llamativas de la Antártida. Hay
muchas especies (en esta foto, ejemplares
de Papúa) y algunas viven en comunidades
de hasta 150.000 individuos
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Es el continente más frío, ventoso y seco
de la Tierra. Lo llaman la fábrica meteorológica
del planeta, y no es en vano, ya que allí pueden
alternar las cuatro estaciones en un mismo día.
Parte del misterio radica en que la nieve que cae en la
Antártida no se derrite. En lugar de ello, el peso
de las subsecuentes nevadas la va “quemando”
y la comprime. La capa de hielo (o permafrost) que cubre
el Continente Blanco ha crecido luego de años y
años de nevadas. Su grosor promedio es de 2200
metros.
Dentro del núcleo o corazón de esos enormes
macizos existen polvo, sustancias químicas y burbujas
de aire –atrapados durante el proceso de formación
de hielo– que son como huellas dactilares capaces
de hablar de la historia geológica de nuestro planeta.
Los científicos utilizan esos núcleos helados
para estudiar los cambios climáticos de la tierra
y la atmósfera detrás de claves que expliquen
el fenómeno del calentamiento global, proceso que
abre un signo de interrogación sobre el futuro.
Además, esas enormes masas de hielo contienen casi
el 90% del agua del planeta, y al menos el 70% de ese
vital líquido es agua potable, lo que convierte
a la Antártida en la reserva de agua potable del
planeta. Sus 14 millones de kilómetros cuadrados
de superficie ganan 20 millones más cuando buena
parte del mar que la rodea se congela y lo vuelve el tercer
continente más grande del globo.
En la Antártida hace mucho frío; el récord:
casi 90º bajo cero. Tomar una bocanada de ese aire
puede generar un espasmo capaz de causar un infarto. Soplan
vientos de hasta 330 km por hora. Los temporales son sordos,
sin truenos ni relámpagos, y arrastran la nieve
endurecida. En la jerga antártica se los llama
blizzard. El aire que se respira y el suelo que se camina
allí son los más puros y asépticos
del planeta: no prosperan virus; sí, algunas bacterias,
levaduras y hongos.
En la Antártida ocurren fenómenos ópticos
únicos. Por ejemplo, la aurora austral, por arriba
de los 100 km de altura, vinculada con los vientos solares.
O el blanqueo, durante el que no hay sombras, o los espejismos,
que se producen cuando los rayos de luz se refractan en
la superposición de capas de aire. Y, por supuesto,
en el centro del continente –el Polo Sur–,
el amanecer y el anochecer dos veces al año: durante
seis meses es de día y durante los otros seis,
de noche.
Un laboratorio viviente
El geólogo Sergio Marenssi dirige el Instituto
Antártico Argentino (IAA), la primera institución
en el mundo dedicada exclusivamente a las investigaciones
antárticas, que el 22 de este mes cumplió
su 51º aniversario. El doctor Marenssi, como todos
aquellos que han hecho de la Antártida el norte
de su pesquisa científica (lo que incluye largos
y continuos viajes, estadas, exploraciones), no hace ningún
esfuerzo por disimular su entrega y compromiso con ese
territorio misterioso y fascinante.
–Hace más de un siglo que nuestro país
tiene presencia ininterrumpida en la Antártida
–explica Marenssi–. Eso permite que contemos
con los datos instrumentales más extensos y continuos
que se poseen, y que muchas investigaciones emplean cuando
se refieren a los cambios climáticos registrados
allí. Esos datos tienen gran peso estadístico.
-A menudo nos enteramos de que se derrite el Polo
Norte. ¿La Antártida no?
–Hay muchas ciudades y muy pobladas dentro del círculo
polar ártico; en cambio, no hay ciudades en el
círculo polar antártico. Por otra parte,
el océano Artico es agua congelada, no hay tierra
abajo; la Antártida es un continente con una capa
de hielo arriba. En efecto, el océano Artico se
está derritiendo rápidamente; en la Antártida,
en cambio, se registra un impacto –¿Por qué
en la península?
–Porque está rodeada de océanos, y
el gran terreno de los cambios se produce en el agua,
tras lo cual repercute en la tierra y en la atmósfera.
Esta se calienta y se enfría rápido; el
océano, como es tan grande, demora más en
registrar el calor, pero una vez que elevó su temperatura
pasará mucho tiempo hasta que se enfríe.
No hay riesgos inmediatos en la Antártida, pero
hay fenómenos que “avisan”.
–¿Por
ejemplo?
Barrera
de hielo en el mar de Weddell, con el
espectáculo del sol en el horizonte
bañando el paisaje de una luz cegadora
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–En los últimos 50 años se detectó
un aumento de la temperatura en la península de
medio grado en promedio, y también el colapso de
dos grandes barreras de hielo, Larsen A y Larsen B, seguramente
vinculadas con el calentamiento global. Si este fenómeno
agrega agua dulce al océano, se diluirá
su salinidad e introducirá una cantidad de agua
fría, alterando sus dos parámetros básicos.
Esto abre la posibilidad de que los océanos aumenten
su caudal y los continentes se cubran de agua. Por eso
no nos podemos quedar cruzados de brazos. La Antártida,
en ese sentido, nos ofrece una gran oportunidad: es uno
de los pocos espacios donde existe una política
de Estado que se ha mantenido a lo largo de cien años,
un proyecto que comparten los sectores políticos,
científicos y militares. Y eso no es poco.
La
Antártida, mi hogar
El mayor Sergio Pietrafiesa es el jefe de la Base Esperanza,
la única de las bases argentinas donde viven familias,
donde funciona (como era de esperarse) una escuela con
niveles primario y secundario, y donde nació el
primer ciudadano antártico del mundo: Emilio Marcos
Palma, el 7 de enero de 1978, al que luego siguieron siete
niños más.
No es la primera vez que el mayor Pietrafiesa, de 42 años,
llega a la Antártida. En realidad, la verdadera
pionera fue su esposa, María Elena Carro, hija
de otro militar, que en 1978, cuando era una niñita
de 8 años, integró la primera dotación
de familias que se radicaban durante un año en
la Antártida. Hoy el matrimonio Pietrafiesa repite
la epopeya junto a sus tres hijas, Natalia, María
Belén y Milagros, 18, 17 y 7 años respectivamente.
–Esta temporada llegaron 8 familias –explica
Pietrafiesa–. Entre éstas, los maestros de
la Escuela N° 38, Karina y Marcelo, con sus tres hijos.
En la base hay 11 casas; cada familia ocupa una de ellas,
y los sábados nos reunimos en una noche de pizzas
que nunca se suspende. Antes de venir a radicarse una
familia, todos sus integrantes realizan una preparación
de un año. Tenemos teléfono, Internet, radio
(la única argentina en la Antártida), y
vemos películas. Las esposas son auxiliares de
base y están a cargo de la radio, la guardería,
la biblioteca, la videoteca, el centro de documentación.
En la Antártida no se permiten las mascotas. “Ninguna
forma de vida no autóctona”, dice el militar,
pero advierte que les deben mucho a los perros polares
antárticos, que durante décadas arrastraron
trineos, y sin quejarse.
“Los chicos –dice– son los que más
disfrutan y mejor se adaptan. De la casa más lejana,
la escuela está a unos 50 metros. Así que,
con excepción de un temporal de más de 80
kilómetros por hora, no faltan a clase.”
Pietrafesa dice que se siente el efecto del cambio climático:
hay más lluvias, más verde y menos blanco.
Y que difícilmente existan problemas de convivencia
entre los ocupantes, que este año sumarán
63 personas, entre grandes y chicos. “Y si hay alguna
dificultad, se intenta superar los escollos. No existen
problemas que se resistan a una buena charla.”
El
guardaparques
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Claro. No es fácil pasar un año lejos de
casa, rodeados de frío, de distancia, de una noche
que nunca termina de ser día o un día que
no se convierte en noche. Pero el mayor Pietrafesa dice
que en octubre o noviembre, cuando ven regresar al Rompehielos
Almirante Irízar para buscarlos, a muchos se les
hace un nudo en la garganta al saber que deben regresar.
Es que la Antártida siempre deja huellas.
Por
Gabriela Navarra
Fotos:
Rafael Calviño/Archivo
Los
animales del frío
Focas: hay numerosas especies de focas
en la Antártida. Se las divide en verdaderas y
no verdaderas. Las primeras son de regular tamaño
y tienen los miembros posteriores dentro del cuerpo, excepto
los tarsos. Carecen de orejas, se desplazan por el medio
acuático y sólo salen para dormir la siesta
o tener sus crías. La “foca peletera”,
o lobo de dos pelos, por ejemplo, no es una foca verdadera
y tiene orejas.
Entre las focas verdaderas se encuentran la de Weddell,
la cangrejera, la de Ross, el leopardo marino. Pero es
el elefante marino la foca de mayor tamaño: el
macho puede alcanzar 7 metros, en tanto que la hembra
no pasa de los 3. Su piel es gruesa, de color pardo. El
macho puede inflar el morro y transformarlo en trompa.
De ahí su nombre. Y, para envidia de muchos, tiene
hábitos poligámicos.
Cetaceos: la Antártida alberga
el animal de mayor porte que haya existido en el planeta,
la ballena azul, que pertenece al grupo de cetáceos
barbados o sin dientes. Los cetáceos incluyen también
al cachalote y la orca, esta última una especie
que se alimenta de pingüinos, focas y otras ballenas.
Aves: hay muchas especies. El albatros
frecuenta el Antártico y sobresale por su envergadura
(hasta 3,40 m) y majestuoso planeo. Entre los petreles,
están el gigante, el damero del cabo, el gris,
el antártico, el de Wilson y blanquísimo
de las nieves.
Otros integrantes de la fauna son el cormorán de
ojos azules, la gaviota, el skúa o gaviota parda
y el gaviotín, que viaja más de 40.000 kilómetros
entre los polos.
Pero, entre las aves, el grupo de los pingüinos es
el que más llama la atención. Tienen andar
erguido y son aves sociables, que a menudo viven en comunidades
de más de 150.000 individuos. Hay pingüinos
de Adelia, antárticos (o de barbijo), Papúa
y el emperador, que mide un metro de altura.
El
guardaparques
En pocos días, Diego Luis Lucca comenzará
a dedicarse a una tarea que difícilmente haya soñado:
deberá anillar pichones de petrel gigante, y cuando
empiece el frío y comiencen a llegar las focas
de Weddell tendrá que censar los adultos y las
crías, pesar a las más pequeñas,
sacarles muestras de sangre y, a sus mamás, muestras
de leche materna.
Desde diciembre de 2006, el guardaparques Diego Luis Lucca
está en las islas Orcadas del Sur, a 3229 kilómetros
de Buenos Aires. Por medio de un convenio entre la Administración
de Parques Nacionales y la Dirección Nacional del
Antártico, Lucca, que tiene 44 años y 22
de experiencia, se postuló para trabajar en el
Continente Blanco. Y le dieron el sí.
“Realizamos tareas científicas –explica–.
Básicamente, el monitoreo del ecosistema antártico
a través del estudio de especies de pingüinos,
aves y mamíferos marinos. Además, aquí
funciona una estación sismológica. Esta
isla se encuentra dentro de la placa de Scotia. Se producen
sismos con frecuencia y los medimos. También registramos
los datos del sistema GPS que monitorea la deriva de la
isla y enviamos todo al continente.”
Diego Luis Lucca afirma que está fascinado por
los paisajes, el ambiente, la desmesura de los escenarios:
dice que hay témpanos –tanto o más
grandes que edificios– que van adoptando formas
de lo más extrañas, y al cabo de un tiempo
desaparecen como por arte de magia. Confiesa también
que en medio del griterío de los pingüinos
y los cormoranes o el jugueteo de los lobos marinos se
siente una paz indescriptible. Con la Base Orcadas, así
como con el resto de las bases en la Antártida,
es posible tener contacto marcando un número telefónico
que equivale a una llamada local. Eso le permite estar
cerca de sus tres hijos (la mayor, de 19, estudiante de
periodismo, y los dos varones, de 16 y 13, cursando la
secundaria) y todos sus afectos. Diego Luis Lucca volverá
al continente en febrero de 2008, pero ya lo sabe: en
su vida, habrá un antes y un después de
la Antártida.
La
Argentina: pionera y visionaria
La Argentina fue el primer país que contó
con una base permanente en la Antártida: fue inaugurada
el 22 de febrero de 1904 en las islas Orcadas. Además,
durante 40 años fue ésa la única
base permanente. Recién en 1944 Inglaterra inauguró
Faraday.
En 1951, el general Hernán Pujato, un militar visionario,
fundó el Instituto Antártico Argentino,
primera institución científica del mundo
dedicada exclusivamente a las investigaciones antárticas.
El Instituto Antártico tiene una base permanente,
Jubany, establecida a fines de 1953 en la isla 25 de Mayo,
de las Shetland del Sur.
La Argentina es el país más cercano geográficamente
a la Antártida. El 1º de diciembre de 1959
se firmó el Tratado Antártico, que entró
en vigor el 23 de junio de 1961. Los países signatarios
originales fueron la Argentina, Australia, Bélgica,
Chile, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Japón,
Noruega, Nueva Zelanda, Sudáfrica y Rusia (en ese
momento, URSS).
Básicamente, el tratado compromete a las naciones
a no utilizar el continente para otros fines que no sean
de investigación científica y cooperación
internacional, y prohíbe toda forma de contaminación
o de actividad bélica. Un acuerdo firmado en Madrid
en 1991 complementa este tratado y consagra a la Antártida
como “reserva natural dedicada a la paz y a la ciencia”.
La Argentina, Chile y Gran Bretaña reclaman territorios
superpuestos. El 29 de octubre de 1969 se fundó
la Base Marambio. Y el 11 de abril de 1970 aterrizó
allí el primer avión Hércules C 130.
Aun en los peores meses de invierno, el Hércules
C 130 va y viene desde Marambio: es que en esa base existe
una pista de aterrizaje de tierra compactada, de 1200
metros de longitud y 40 de ancho, que permite el arribo
de aviones con tren de aterrizaje convencional, es decir,
con ruedas. Entre las bases antárticas y Marambio
se realizan vuelos con el DHC-6 Twin Otter, un avión
que utiliza esquíes con lo que puede descender
sobre el hielo. Durante la campaña de verano, se
usan también helicópteros Bell 212 entre
los campamentos científicos, las bases, el rompehielos
Irízar y Marambio.
La Argentina tendrá una importante participación
en el Año Polar Internacional, que se celebra entre
2007 y 2008. Este evento reúne a 10.000 investigadores
de 50 países y dispone de mil millones de dólares
para conducir mil proyectos de investigación. Nuestro
país encabezará siete proyectos y participará
de otros veintiséis.
Turismo
en la Antártida
Historia: desde hace 15 años,
la Antártida recibe turistas.
Tendencia: los registros de la temporada 2005-2006 indican
que llegaron 25.000, y la cifra crece. Para la que recién
finaliza, se calculan unos 29.000.
Regulación: la Asociación
Internacional de Operadores Turísticos Antárticos
(Iaato, por sus siglas en inglés), creada en 1991,
regula la actividad de turismo en ese continente y agrupa
a las compañías que operan allí.
Extranjeros: los registros indican que
entre los visitantes hay una abrumadora mayoría
de norteamericanos, ingleses, alemanes y australianos;
profesionales, ex docentes, gente con sed de aventura
y profunda inclinación hacia la naturaleza. “No
se puede pernoctar en tierra, y la gente, cuando baja,
cuida”, asegura desde la Base Esperanza el mayor
Sergio Pietrafesa. El doctor Sergio Marenssi, director
del IAA, es más escéptico: “Mientras
no interfiera con la ciencia, no tengo comentarios. Pero
todavía nadie estudió, por ejemplo, el efecto
acumulativo de llevar 500 personas a observar los mismos
pingüinos durante varios días, en forma continuada”.
Nota
tomada: de La
Nacion (15/4/2007)
