ENTRE
ARQUEOLOGOS, BUZOS Y BUSCADORES DE TESOROS.
04-03-2007 | Diario Hoy.net, La Plata | Interés
general
Por
Dolores Elkin (*) (*) Extracto de un artículo de
esta arqueóloga de la UBA, investigadora del Conicet
y del Instituto Nacional de Antropología (INA).
Desde los pioneros trabajos de George Bass en Turquía
en la década del 60, la arqueología subacuática
realizada con metodología y técnicas de
trabajo análogas a las empleadas en tierra ha tenido
un desarrollo creciente.

Dolores Elkin
durante la exploración de la corbeta
HMS Swift hundida en 1770.
|
|
Si bien la permanencia y el trabajo en el agua presentan
dificultades para el ser humano ya que ésta no
constituye su medio natural, los equipamientos de buceo
y los medios técnicos disponibles actualmente para
realizar todo tipo de actividades subacuáticas
eliminan cualquier excusa para no hacer arqueología
con el mismo rigor metodológico y técnico
que en tierra.
En un país como la Argentina, con relativamente
escaso desarrollo del buceo deportivo (que, por otra parte,
es costoso), es muy improbable que un arqueólogo
sea también un buzo experimentado. Lo más
factible es que, interesado en la arqueología subacuática
desee iniciarse en el buceo o, a lo sumo, que realizando
un curso de buceo haya comenzado a interesarse en la arqueología
subacuática. Incluso hay arqueólogos dispuestos
a dirigir proyectos de arqueología subacuática
desde tierra, sin la menor intención de bucear.
Comenzaré por comentar este último caso.
Si bien un arqueólogo puede realizar una investigación
con materiales que no ha excavado personalmente (por ejemplo,
con colecciones de museos, o re-analizando muestras),
si se trata de un proyecto bajo su dirección lo
lógico es que él mismo excave o supervise
la excavación, evaluando personalmente cómo
se presenta el registro.
La idea de quedarse en tierra mientras los buzos recuperan
el material arqueológico sin ningún tipo
de supervisión, a mi modo de ver, resulta absurda.
Es comparable a que un arqueólogo que estudia temas
incaicos recurra a andinistas para que excaven un santuario
de altura, porque él no sabe escalar. No. El arqueólogo
no necesita intermediarios para acceder al registro arqueológico.
Los buzos y los andinistas son recursos humanos valiosísimos
en este tipo de casos en los que los materiales arqueológicos
se encuentran en lugares de difícil acceso, pero
el arqueólogo debe acompañar a estas personas
al agua o a la montaña y supervisar su tarea. Y
si no puede hacerlo, es preferible que el barco o la momia
queden donde están hasta que su recuperación
arqueológica sea una tarea profesional.
La arqueología subacuática es una nueva
disciplina en la Argentina y requerirá de un inevitable
período de maduración y afianzamiento. Sin
embargo, si tenemos presente que la arqueología
subacuática es ante todo arqueología, no
habrá dudas de que son los arqueólogos las
personas mejor capacitadas para coordinar y dirigir el
estudio de cualquier resto material que se encuentre sumergido.
Con excepción de los buscadores de tesoros, cuyos
intereses son totalmente incompatibles con los de un investigador
científico, muchos no-arqueólogos podrán
colaborar, aportar ideas, cubrir aspectos interdisciplinarios
de la investigación, e incluso realizar muchas
tareas específicamente arqueológicas con
más habilidad técnica que unos cuantos arqueólogos.
Pero, aunque el título de arqueólogo tampoco
es garantía de idoneidad profesional (al igual
que sucede con cualquier otra disciplina), convengamos
en que representa un aval importante. A pesar de sus deficiencias,
la (larga) carrera universitaria que culmina con la obtención
del título profesional constituye una formación
que no puede compararse con la de buzos experimentados,
arqueólogos autodidactas, buscadores de tesoros
o cualquier otro interesado en acceder al patrimonio arqueológico
subacuático. Es tiempo de valorar, jerarquizar
y defender la profesión.
Nota
tomada: de DIARIO
HOY.NET (04/03/2007)
