ANTARTIDA:
LA MARCHA DE LOS CRUCEROS
Después de las Malvinas y las Georgias,
el crucero Nordnorge finalmente llega al continente más
frío; hielo, pingüinos y silencio en un ambiente
impactante y conmovedor

Las Shetland del Sur, una de las
primeras paradas del crucero noruego Nordnorge,
siempre bien recibido Foto: Enviado especial
/ Rafael Calviño
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La
Nacion, 29/11/06A BORDO DEL MV NORDNORGE.- Luego de perder
su barco en los hielos del mar de Weddell y sobrevivir
catorce meses en el frío antártico, el 24
de abril de 1916 Ernest Shackleton dejó a 22 hombres
de su fallida expedición polar en la isla Elefante.
Navegó 17 días y 1280 tormentosos kilómetros
en un bote salvavidas para conseguir ayuda en Georgia
del Sur. Fue un intento casi suicida por la fragilidad
de la nave y la legendaria furia de esas aguas, que exigieron
luego cinco sucesivos intentos para conseguir regresar
a Elefante y finalmente rescatar a todos con vida.
Fastfoward
hasta 2006: precisamente por las mismas coordenadas en
las que Shackleton se convirtió en un héroe,
el crucero noruego Nordnorge se sacude más que
nunca. En su ruta a la Antártida, a diez días
de zarpar de Buenos Aires y después de pasar por
las islas Malvinas y Georgias del Sur, la corriente es
tan adversa que el primer objetivo antártico, la
mismísima isla Elefante, debe ser dejado de lado
porque no se alcanzaría con luz de día suficiente
para un desembarco. El descenso de los 260 pasajeros en
botes de ocho exige un mínimo de cuatro horas.
Imposible.
Y
ésa es una de las claves de los cruceros antárticos
con descensos a tierra (a diferencia de los que sólo
navegan): no pueden prometer itinerarios exactos debido
a las cambiantes condiciones meteorológicas, previsibles
sólo hasta cierto punto, con determinada anticipación.
Muy lejos de correr los riegos de aquellos temerarios
pioneros, las compañías consideran una cantidad
de posibilidades y optan sobre la marcha, siempre con
la premisa de cubrir ciertas expectativas.
Pero
en la Antártida, el continente salvaje, sin fronteras,
gobierno ni moneda, lo único ciento por ciento
anticipable es que todo se puede transformar de un momento
a otro. En cuestión de horas se experimentan las
cuatro estaciones. Y eso es algo que sus aguas, vientos
e islas enseñan rápidamente, y no siempre
de buena manera; lo entendió Shackleton y lo sabe
ahora cualquier turista desde la comodidad y el abrigo
de su camarote. Y ésa es también una de
las cosas que dan a este viaje un carácter mítico.

El comité de bienvenidan
de la isla Couverville Foto: Enviado especial
/ Rafael Calviño
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Mate
en polaco
En lugar de Elefante, entonces, la entrada a este continente
será la isla 25 de Mayo o King George, según
el origen del mapa consultado, la mayor de las Shetlands
del Sur. Justo sobre la gran península blanca,
es algo así como la capital antártica, un
downtown helado con la mayor concentración de bases.
Incluyendo la científica Henryk Arctowski que,
resguardada en bahía Lasserre o Admiralty Bay,
de nuevo según el mapa que se mire, es una parada
clásica en este tipo de viajes, por posición
y accesibilidad.
Como
primera imagen de la Antártida, dos cosas resultan
de lo más llamativas el domingo por la mañana.
Primero, el sol que brilla sobre mar y hielo, el cielo
celeste, el suelo verde de musgo y las montañas
descubiertas. Sólo falta un par de turistas dándose
un baño en la playa de piedras. La otra curiosidad
es el personal de Arctowski, de bajo promedio de edad
y actitud relajada. Mikjael, por ejemplo, parece el baterista
de una banda grunge , pero es el cocinero y disfruta en
bermudas y remera negra este cálido día
de su segundo verano antártico. Saluda a las visitas
tomando mate. "Colegas de la base argentina Jubany
nos regalaron este mate y veinte kilos de yerba. Está
bueno, nos gusta más que el café",
cuenta, mostrando una sonrisa en la que se extraña
algún diente clave. No casualmente la primera palabra
que ensaya en castellano es tranquilo y vuelve a reírse
con ánimo de día de sol en la Antártida.
Mikjael
no es la excepción. Los demás polacos también
saludan divertidos el fugaz desfile de cruceristas, al
que aceptan estar habituados, pero que tampoco les cambia
mucho la vida. Venden remeras con el escudo de Arctowski
a 25 dólares y dan la posibilidad de una foto imprescindible
en cualquier álbum antártico, junto al cartel
con las distancias entre este lugar y Varsovia (14.473
kilómetros), Buenos Aires ( sólo 4083) y
otras ciudades.
Merienda
en Medialuna
El mismo día a la tarde el Nordnorge llega a la
isla Medialuna, una de las más pequeñas
Shetlands, de autodescriptivo nombre. Se acerca a la vacía
estación argentina Teniente Camara que, como lo
recuerda su impreso diario en inglés y en alemán,
ha estado "esporádicamente ocupada en los
últimos años debido a la economía
de su país".

¿Viaje
de placer? Sí, pero de una manera
muy especial Foto: Enviado especial / Rafael
Calviño
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El
descenso se produce justamente a medio kilómetro
de la Teniente Camara, donde tiene hogar una colonia de
pingüinos de barbijo, que se caracterizan por la
línea negra en su plumaje que parece ajustarle
algo en la cabeza. Más allá de esta excusa
de observar de cerca los pingüinos, que no temen
la presencia humana, la verdadera recompensa está
en los 360° de paisaje indescriptiblemente virgen,
la caminata sobre esta nieve franca, el aire frío
y puro. Por alguna razón, en cada uno de los pasajeros
se nota una sonrisa serena. A pesar del cansancio, el
viento y la baja temperatura, algo anda muy bien.
Algo
sale mal
Hay un pasajero brasileño que no baja del Nordnorge
sin una mochila de emergencia que incluye abrigo, alimento
concentrado y dispositivos para señales luminosas.
Por supuesto, el día de la excursión a la
isla Couverville, este prevenido hombre ya regresó
tranquilamente al barco cuando el viento cambia de tal
forma que el operativo de vuelta debe interrumpirse, dejando
a unas cincuenta personas en tierra.
Esta
mañana, al correr las cortinas los pasajeros se
encontraron con un barco cubierto de blanco y con varios
centímetros de nieve en cubierta. Con el festivo
espíritu de la primera nevada, los botes se abrieron
paso entre pedazos de hielo hasta Couverville para conocer
a los pingüinos papúa, algo parecidos al de
Magallanes. El tiempo para permanecer en el lugar era
de una hora, pero después de los primeros grupos
los botes dejaron de venir a buscar gente.
A
medida que el tiempo pasa se hace más evidente
que hay problemas. Cuando el staff de la expedición
ofrece trajes térmicos a quienes sienten demasiado
frío, algunos sospechan que quizás haya
que pasar un buen rato en Couverville. Pero cuando el
equipo comienza a armar varias carpas en la isla, ya hay
razones para temer en serio que estas vacaciones se parezcan
más de lo conveniente a la serie de televisión
Lost .
Entonces
ocurre algo tan inevitable como interesante: la situación
turística "controlada" que se genera
en cada sitio cuando llega un crucero empieza a desarmarse.
Los guías se transforman en un equipo de manejo
de crisis. Los pasajeros adoptan distintos roles: desde
víctimas hasta colaboradores activos en las tareas
de supervivencia. Los senderos marcados con banderines
rojos quedan totalmente ignorados. Un grupo, por ejemplo,
sigue al geólogo alemán Stefan Kredel en
un trekking fuera de programa que paradójicamente
quizá sea la actividad más divertida del
viaje. Otro camina hacia puntos de la isla con colonias
de pingüinos más numerosas de las que se verían
según el plan original.
Y
lo más raro es que la incertidumbre, el temor y
el frío iniciales dan paso a una de las tardes
más entretenidas y lúdicas. Los sesenta
minutos previstos para Couverville y sus plumíferos
se transforman en cinco horas con varios de los condimentos
del cine catástrofe, aunque en formato más
bien de comedia Así que cuando eventualmente son
rescatados, reanimados con chocolate caliente y depositados
en el barco, los sobrevivientes reciben una ovación
de parte del resto. No hay víctimas que lamentar.

En la isla Decepción, las
termas más australes Foto: Enviado
especial / Rafael Calviño
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Al
contrario. A partir de lo de Couverville se percibe en
general un aire de día después , de mayor
integración. Ideal para la próxima bajada,
especialmente importante por tratarse de la única
en la península del continente, no en una isla.
Para
algunos, la península es más Antártida
que cualquier isla. No para Stefan, el guía alemán
que trabaja en este tipo de cruceros alrededor del Polo
Sur y el Polo Norte, aunque su casa está en Buenos
Aires, donde tiene una hija. Llegó a la Argentina
y una de las primeras palabras que aprendió fue
corralito , así que optó por quedarse, pero
ganándose la vida afuera. "Hay pocos sitios
donde desembarcar en la península. Y la verdad
es que suele haber más para ver en algunas islas",
explica en inglés con acento alemán y alguna
palabra en porteño.
Es
cierto: en puerto Neko (no imaginar nada parecido a un
puerto), dentro de la espectacular bahía Andvord,
sólo hay más pingüinos y una combinación
de viento y nieve que por momentos disminuye la visibilidad
a unos 20 centímetros. En tres minutos la tormenta
para, el cielo se despeja y los pingüinos reaparecen
de abajo de la nieve. Y en dos minutos más, todo
vuelve a empezar. En Buenos Aires, los transeúntes
se disputan el refugio de los balcones ante la mínima
llovizna. Acá, cada sacudida meteorológica
es celebrada como una bendición. Y está
bien, hay que estar agradecido porque ese viento es la
más explícita bienvenida que la Antártida
puede dar.
Hola,
chau
Ya pasaron más de dos semanas de navegación.
Y justo en el mejor momento comienzan las despedidas.
En la isla Wiencke se baja, cual pasajero de taxi antártico,
Rick Atkinson para abrir la base inglesa de Port Lockroy
(ver nota en página siguiente). Y llega el día
del último descenso en Decepción, una de
las Shetland del Sur que, al menos en esta oportunidad,
no hace honor a su nombre. Es una isla insólita,
muy antártica: se trata, en realidad, de la cima
de un cráter volcánico por lo cual el paisaje
incluye los siguientes elementos: nieve, tierra negra,
ruinas de una estación ballenera volada durante
la última erupción, agua de mar a 1°C
y... lagunas termales a casi 40°C.
Pocos
viajeros nórdicos se resisten a la tentación
de un buen baño en... la Antártida. Así
que la tripulación del Nordnorge ofrece un certificado
firmado por el capitán a quienes se zambullan primero
en el mar ("deben mojarse el cabello", aclaran)
y después en estas rarísimas piletas antárticas
a las que incluso hay que enfriar con baldazos helados.
Noruegos y finlandeses encabezan el ranking de los bañistas
más australes del mundo. Aunque también
algunos brasileños se animan, como Marina Bandeira,
una paulista que aprovecha el vacío legal y cumple
con el rito, pero protegida con un traje de neoprene,
tipo surfer.
Demasiado
frío y demasiado calor. La Antártida es
un continente excesivo. Cualquiera lo puede imaginar así,
pero igual se sorprende al vivirlo. Y, por lo que aseguran
Stefan y otros pasajeros frecuentes, el efecto no pasa
con el tiempo. Por el contrario, siempre se quiere volver.
"Todos tienen su Antártida", dijo Thomas
Pynchon. Así que el que puede permitirse ir a conocer
sus excesos no debería postergar el viaje un segundo.
Difícil pensar en otra cosa mientras el Nordnorge,
a 18 días de salir de Buenos Aires, cruza un inusualmente
calmo estrecho de Drake rumbo a Ushuaia.
Por
Daniel Flores
Enviado especial
Datos
útiles
Cómo
llegar
El
barco Nordnorge, de la compañía noruega
Hurtigruten, realiza cruceros con distintos itinerarios
entre Buenos Aires y la Antártida hasta marzo.
Viajes de 15 a 18 días, tarifas desde 5694 dólares
más impuestos (pensión completa, aéreos
complementarios, excursiones y propinas incluidos). En
la Argentina, Hurtigruten es representada por Oremar.
Julio A. Roca 636, Piso 13; 4346-7777.
oremar@oremar.com; www.oremar.com
No
olvide...
La ropa térmica e impermeable, desde ya, incluyendo
medias especiales y guantes. Y opciones livianas; el clima
es cambiante y en el barco, más que agradable.
Protector solar, imprescindible. Pastillas para el mareo,
para algunos...
Código
del buen visitante, por el impacto ambiental
Cien años atrás la Antártida era
un misterio y un mito, el último lugar en el que
nadie podía pensar como destino de vacaciones.
Hoy hay hasta turistas espaciales. Pero no hace mucho
que los cruceros pasan los 60° de latitud sur. Desde
que en 1958 llegó un primer barco, hasta fines
de la década del ochenta sólo unos pocos
turistas viajaban cada año al continente frío,
especialmente a bordo del MS Lindblad Explorer.
No obstante, en los noventa el turismo se convirtió
en la actividad humana de mayor escala en la Antártida.
Actualmente llegan unos 140 barcos turísticos cada
verano.
En 1991 se formó la Asociación Internacional
de Operadores Turísticos Antárticos (Iaato,
sus siglas en inglés) con el fin de regular la
actividad, promover el turismo responsable y prevenir
las indeseables consecuencias ecológicas del tránsito
fuera de control por estas aguas.
Con voz en la reunión anual del Tratado Antártico
(firmado en 1961, con la Argentina como miembro consultivo),
la Iaato propugnó formalmente una Guía para
los visitantes de la Antártida que insta a los
viajeros a no dejar desechos en el continente, no llevarse
ningún tipo de souvenir (esto incluye huesos de
animales y también rocas) y no acercarse ni interferir
con la vida animal. A su vez, la Iaato coordina los desembarcos
antárticos para que en ningún lugar haya
más de cien turistas al mismo tiempo, por razones
de impacto ambiental.
En la Antártida operan unas cuarenta bases de veinte
países.
Nota
tomada: de La
Nacion 26/11/2006
