REFLEJO
Nos paramos ante un perro desconocido e inmediatamente
recibimos un claro mensaje de confianza o temor. Podemos
saber a simple vista si el perro nos gusta, nos cae simpático
y nos parece atractivo o si, por el contrario, nos resulta
agresivo y peligroso. Fue simplemente un primer contacto
visual pero fue un contacto en el que se manejó
mucha y muy variada información.

foto:
Tito Rodríguez |
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Casi se podría aseverar que esa información
suministrada por la primera impresión estuvo directamente
dada por el tamaño y la forma del ojo del animal.
Los seres humanos recibimos sin darnos cuenta una serie
de datos o códigos que podríamos llamar
"los esquemas de la ternura" y que tienen que
ver con imágenes que transmiten señales
despertando nuestra sensibilidad o por el contrario, anulándola
por completo.
Un ojo grande y limpio nos da la imagen de un individuo
bueno y cariñoso. En tanto un ojo pequeño,
móvil y huidizo nos brinda una imagen de desconfianza
y temor. Los seres humanos manejamos estas señales
a la perfección. En las caricaturas las personas
buenas tienen ojos redondos y grandes, en tanto que los
malos tienen ojos sombríos y pequeños en
relación al tamaño de la cabeza. Los payasos
agrandan a propósito el tamaño de sus ojos
para resultar simpáticos, los indios utilizaban
las pinturas de guerra para esconder sus ojos dando una
imagen de absoluto terror.
Al conocer a una persona solemos tomarnos una "primera
impresión" de la que puede surgir un diálogo
fluido y confiado o, por el contrario, nos haga tomar
distancia inmediatamente sin siquiera saber muy bien por
qué. Buscando una mejor explicación diremos
que fue una "cuestión de piel" o que
simplemente no nos cayó bien. Los esquemas de la
ternura se ven exacerbados en el perfil de un bebé
humano. La cabeza redondeada, la frente amplia y un ojo
demasiado grande en proporción al tamaño
de la cabeza nos da señales inequívocas
de simpatía, simplemente no le podríamos
causar daño a esa criatura.
Si nos fijamos atentamente, el perfil de los delfines
cuenta con varias de estas características y tal
vez esa sea la razón por la que los delfines nos
parecen animales sensibles y dignos de ser defendidos.
Sin embargo un tiburón posee un ojo pequeño
e inexpresivo, a simple vista no nos resulta un animal
confiable aunque nunca antes hubiéramos visto uno
y no tuviéramos ningún tipo de información
sobre su conducta.
Puede ser que este primer juicio sobre un determinado
animal sea, incluso, lo que maneje el futuro de su subsistencia.
Seguramente muy poca gente aportaría dinero para
una campaña en pro de salvar a los tiburones pero,
sin duda, todos suspirarían ante la imagen de una
foca bebé del Ártico. Si aceptamos la veracidad
de estos códigos no será difícil
explicarse por qué aún hoy en día
muchas personas temen a las ballenas ya que al estar frente
a frente con una de ellas resulta sumamente difícil
identificar su ojo que, a pesar de ser grande, es diminuto
en comparación al tamaño de su cuerpo.
Sin embargo todo temor que este gran animal nos despierta
desaparece al bucear a su lado y verse reflejado en un
ojo enorme y limpio, el ojo más profundo y confiable
que la naturaleza haya creado jamás. En ese momento
solemos pensar que tal vez sea cierto que los ojos sean
el reflejo del alma y que es la visión de nuestra
propia alma la que nos precede ante un encuentro con nuestros
semejantes.
Tito Rodríguez
Director
Instituto Argentino de Buceo
Tomado de "Secretos del Mar" del Instituto
Argentino de Buceo
