ASEDIADO POR UN CALAMAR
Texto: Howard Hall
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Quizá
una noche de Año Nuevo, cuando llegaba usted
a casa en su coche, un conductor que venía en
el carril opuesto estuvo a punto de cruzarse la doble
línea amarilla. Sin saberlo, usted estuvo cerca
de caer en el abismo y se preguntó: ¿Estuve
yo en el mero borde o no corrí ningún
peligro? Todo esto se me ocurrió cuando prendí
las luces del 1.300 vatios que tenía junto a
mí y miré directamente el monofilamento
mientras descendía en la oscuridad. La luz era
tan brillante que el resplandor me cegó, pero
era necesaria para poder filmar grandes animales marinos
en la noche, debajo del agua.
Esperaba ser imaginativo porque en el negocio de filmar
documentales sobre historia natural esto puede significar
el éxito de la empresa. Mientras yo sumergido
pensaba así, a bordo del Ambar III mi padre estaba
inclinado sobre una caña de pescar en placentero
paroxismo. No podía imaginar lo que él
tenía en el otro lado de la línea, pero
el dueño del Ambar III, Mike McGettigan, me explicó
que si atrapa algún pez grande en la noche, en
aguas profundas, es frecuente que un calamar gigante
lo siga hasta la superficie.
Algunos pescadores mexicanos nos dijeron haber visto
algunos calamares gigantes en la zona. Cuándo
preguntamos qué tan grandes eran, extendieron
los brazos lo más que pudieron al tiempo que
decían “¡así de grande!”
Uno de ellos que vio nuestro equipo de buceo, nos preguntó
si nuestra intención era nadar con el calamar.
Cuando le dijimos que sí, movió la cabeza
y con toda solemnidad expresó “no me parece
muy buena idea”.
Mis ojos me engañaban mientras colgaba suspendido
en aquella oscuridad opresiva mirando con asombro hacia
abajo, hacia la línea de pescar. Veía
sorprendentes formas que cuando empezaban a materializarse
se desvanecían de repente. Es mi imaginación,
pensé. Recapacité sobre lo que habían
dicho los pescadores. Quizá la idea no era realmente
tan buena. Miré hacia la superficie y pude ver
los tres barriletes que colgaban a los lados del Ambar
III para que el calamar subiera a darse un festín.
Yo no sabía si este molusco era peligroso o no
ya que nunca había visto un calamar Humboldt,
pero sabía de otros peces que habitan en las
profundas y oscuras aguas, que también eran atraídos
por la sangre de los barriletes. Había olvidado
mi traje antitiburón; lo había dejado
en casa, en San Diego. Definitivamente, esto tampoco
fue una buena idea.
De pronto, debajo de mí, en las oscuras aguas
se materializó una gran forma e inmediatamente
me percaté de que ésta sí era real.
Después de casi dos horas de lucha, mi padre
estuvo a punto de cobrar una zorra de mar (especie de
tiburón) de casi 5 m. El señuelo se había
clavado en la cola del tiburón.
Salí a la superficie y traté de hacerme
oír por encima de aquel alboroto y griterío:
“Déjenlo ir. Trataré de fotografiarlo
cuando se vaya”, grité; y después
de esto, me volví a sumergir unos 9 m y esperé
a que lo liberaran del señuelo.
Alex Kertstich se sumergió con su cámara
e hizo algunas fotos del animal antes de empezar a liberarlo,
y mientras él trabajaba, mi instinto me llevó
a mirar hacia abajo.
¡Algo centelleaba! Había objetos muy abajo
y se veían unos destellos como si alguien en
la profundidad estuviera haciendo funcionar un estroboscopio
de fuego cinco veces por segundo. A medida que las formas
subían, pude ver que eran calamares; uno de ellos
era el más grande que jamás en este oficio
había visto.
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Un
calamar pasó rápidamente cerca de mí
y atacó la cabeza de la zorra de mar. El calamar,
de alrededor de metro y medio de longitud, era de los
más pequeños de esta especie, pues el
calamar Humboldt llega a alcanzar los 4 m y a pesar
unos 150 kg. Al momento de atrapar la cara del tiburón
empezó a brillar lanzando deslumbrantes destellos
que iban desde el rojo hasta el blanco marfil. Luego
se alejó del tiburón y descendió
como una exhalación.
Otro calamar, mucho más grande, pasó vertiginosamente
cerca de mí y atrapó con avidez un pez
aguja de poco más de un metro de largo que estaba
nadando muy cerca de la superficie. Este calamar medía
más de 1.5 m y posiblemente pesada unos 35 kg,
y a medida que descendía con el pez aguja, lo
desgarraba dejando tras de sí una nube de sangre
y escamas.
Por otra parte, Alex logró desenganchar al tiburón
y lo soltó cerca de mí. Hice un esfuerzo
semiconsciente para filmarlo pero fallé. Entonces
Alex nadó hacia un calamar que estaba desgarrando
uno de los barriletes que habíamos puesto de
carnada. Otro calamar pasó rápidamente
junto a mí. Casi todos oscilaban entre los 20
ó 25 kg de peso. Algunos de ellos quizá
se acercaban a los 2 m y a los 50 kg o más.
De pronto, algo me agarró por detrás y
por un momento sentí una corriente de agua que
me jalaba hacia arriba y hacia abajo. Di una vuelta
repentina y pude ver cómo el calamar que me había
agarrado se iba rápidamente. Debo de haber sido
arrastrado unos 3.5 m hacia abajo. Nadé hacia
la superficie hasta los 9 m y neutralicé mi flotabilidad.
No me detuve a pensar qué hubiera pasado si el
calamar no me hubiera soltado o si otros calamares me
hubieran agarrado, o si uno realmente grande me hubiera…
Todo sucedió con demasiada rapidez, y todavía
no había podido lograr una buena toma. Cada vez
que me volvía hacia algún calamar y lo
iluminaba con mis lámparas, todos descendían
y desaparecían. De repente, me di cuenta de que
eran las luces; ¡no les gustaban las luces!, lo
cual me iba a hacer sumamente difícil la filmación.
Quería filmar un calamar atacando a algún
pez que nadara libremente, pero al ver que evadían
el resplandor de las lámparas, decidí
filmar uno de los calamares que se estaba alimentando
de la carnada de barrilete. Un enorme calamar de 3 m
había sumergido a uno de los peces de la carnada
y lo despedazaba. Nadé por encima de él
y empecé a filmar. El calamar comía de
una manera tan agresiva que no soltó su presa
ni cuando las lámparas se le acercaron a unos
centímetros. La sangre y las escamas fluían
entre los tentáculos del calamar cuando desgarraba
al pez. Tomé varios close-ups y entonces decidí
familiarizarme un poco más con él. Alcancé
a tocar al animal, pero cuál no sería
mi asombro cuando un largo y carnoso tentáculo
se desprendió y me agarró la mano. Retrocedí
bruscamente, sobresaltado. El dorso de mi mano comenzó
a sangrar. ¡Esto no era igual que manejar un pulpo!
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Alex nos había advertido que el calamar gigante
tiene filosos garfios alrededor de cada potente disco
de succión y que, por tanto, no sólo toma
las cosas por succión sino que entierra sus garfios
en la carne. Mi curiosidad no era tanta como para tratar
de acercármele otra vez.
Alex estaba detrás de mí en la oscuridad.
El no tenía luces para filmar que pudieran ahuyentar
al calamar. Un grupo de ellos ascendió de las
profundidades atraídos por el olor a sangre que
invadía el agua. Tres grandes calamares se prendieron
de Alex al mismo tiempo. De repente se sintió
de cabeza sumergiéndose con rapidez. Un tentáculo
se enredó en su cuello y rompió la cadena
que detenía un colgajo prehispánico rasgando
la piel de su cuello. Otro calamar rompió su
computadora de descompresión y desconectó
el manómetro. Los tentáculos despedazaron
la lámpara de buceo que llevaba en la muñeca
y la bolsa para recolectar de su cintura. Después,
se fueron tan repentinamente como habían llegado.
Cuando
subí a bordo, Alex ya se había ido a la
cama. No había mencionado nada del incidente
al resto de la tripulación y yo no había
visto nada. Así pues, continuamos buceando casi
toda la noche. Sin embargo, nos parecía raro
que Alex nos hubiera abandonado tan pronto, pues le
gustaba mucho bucear de noche. El asedio del calamar
no había aterrado realmente a Alex mientras ocurría,
pues estaba demasiado ocupado para asustarse. Pero cuando
subió a bordo pensó en lo que podía
haberle sucedido: ¿y sí…? ¿qué
hubiera pasado si lo hubiera tenido preso durante un
poco más de tiempo? ¡En momentos podían
haberlo arrastrado a las profundidades abismales! ¿Qué
hubiera pasado si le hubieran arrancado el regulador?,
y lo que más le horrorizaba: ¿qué
hubiera sucedido si ese pico (mucho más grande
que el pico de un loro) hubiera apresado su cuello,
encajado su gancho y arrancado un buen pedazo de carne?
Cuando más pensaba en todo eso, más le
temblaban las rodillas; decidió, pues, que necesitaba
un poco de descanso.
Bob Cranston, Mark Conlin y yo continuamos buceando
casi toda la noche sin incidentes. Yo me sentía
frustrado pues el calamar evitaba mis luces a toda costa.
Hacia las tres de la mañana me di por vencido.
Bob decidió sumergirse una última vez
para tomar fotos fijas de un gran calamar que se había
quedado enganchado con la carnada del pez que todavía
colgaba de un lado de la lancha. Justo en el momento
en que Bob se bajaba la máscara de su cara, la
línea que estaba en el carrete empezó
a correr tan rápido como si dos atunes marlin
hubieran mordido la carnada. Dejé caer mi tanque
sobre el puente y corrí a detener la rastra,
pero no me fue posible. Aumenté la rastra lo
más que pude pero la línea seguía
corriendo. ¡Era que el aparejo de pesca había
atrapado aquella zorra de mar de casi 4.5 m! Ya nada
podía hacer. La línea seguía corriendo.
Miré hacia Bob que estaba ya dispuesto a saltar
al agua con su regulador en la boca y la cámara
en la mano. Por un momento se quedó mirando el
carrete que giraba. “¿Vas a bucear?”,
le dije. Bob seguía mirando el carrete. “Mejor
te apuras. Lo que pudiera ser se está yendo”,
dije; Bob no quitaba los ojos del carrete. “Pero
parece hambriento, quizá regrese”. Bob
dejó su cámara y dejó caer el tanque
sobre el puente, “o quizá no”, dijo.
“Me parece bien”, dijo Mark.
Me dirigí al refrigerador y tomé tres
cervezas. Bob, Mark y yo dimos un gran trago y nos quedamos
viendo cómo giraba el carrete con el resto de
la línea.
Fuente: México desconocido No. 209 / julio 1994
Enviado
por Verónica Ruiz
