“Jóvenes
Músicos Submarinos”
…
Viento, nubes grises, olas repiqueteando, nada
de esto impedía nuestras ganas de ir en
busca de una bolla, que nos enlazaría con
un cultivo submarino de bivalvos. Pero gracias
a la imposibilidad de localizar esta bolla, y
con la ayuda del famoso “Hunter” que
diviso a lo lejos, allá donde el sol existía
y pegaba en el agua, y como una ilusión
óptica, parecía que esta hervía,
dijo “Delfines” en una manada incalculable,
nos miramos todos, solo un par de miradas cómplices
fue suficiente para que el Capitán del
barco se dirigiera, hacia ese hervidero.
Al entrar en la en la enorme ronda, que formaba
estas criaturas siempre sonrientes, se pusieron
a saltar al ritmo de la lancha, cruzándose
por delante y por detrás, como recibiendo
visitas. Hasta que el capitán disminuyo
la velocidad, para decir, “Buzos, al agua”
y nos fuimos tirando como una suerte de paracaidistas
saltando de un avión. Y al sumergir la
cabeza bajo el agua, fue como entrar en otra dimensión.
…
Delfines por doquier, pasando entre nosotros,
por la derecha, por la izquierda, entre las aletas,
por arriba, todos con esa expresión de
felicidad perenne, como una suerte de “Peter
Pan” acuáticos, con ese nado tan
libre y ágil que los hace tan eternamente
adolescentes, se mezclaban unos con otros, pareciendo
que se iban a chocar en cualquier momento. Acompañados
por esa sinfonía, tan maravillosa como
ensordecedora, tratando de comunicarse con nosotros.
Al sacar la cabeza del agua, y dejar la vista
repartida entre el aire y el océano, se
podía ver perfectamente su nado hacia la
superficie, juntamente con esa especie de brinco
hacia otra dimensión para ellos, y verlos
saltar fuera del agua, es tan mágico como
su nado subacuatico.
Y así como tan rápido llegamos nosotros,
al término de unos cortos e inolvidables
veinte minutos, de vernos, de escucharnos, de
reconocernos, de palparnos, descubrir las diferencias
que nos separan, desaparecieron como por arte
de magia. Dejando a tan solo dos lobos marinos,
en representación de todos ellos, quienes
cual si fuesen presentadores de una obra teatral,
nos despidieron de los incontables y juveniles
delfines patagónicos.
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“Silenciosa
como Colosal”
…
sumergidos en el segundo buceo, con poca visibilidad
por el mar de fondo, al realizar el ascenso, para
estancarnos en la escala de seguridad, en esos
tres minutos de reflexión inertes, donde
ya prácticamente el buceo se termino, aparecieron
dos lobos marino anunciando el paso de la gran
Ballena Franca Austral.
Justo
en la escala de seguridad, donde ya no hay nada
mas para recrear la vista y el frió del
mar patagónico se empieza a sentir por
la falta de movimiento, apareció ella,
casi confundiéndose con la base del barco,
nos rodeo a los cuatro, en forma de un saludo
amistoso, motivo por el cual todos nos abrasamos
pudiendo ser un solo bajo el agua, prolongando
la escala unos minutos mas, y olvidándonos
del frió.
Al
subir, el Capitán del barco, nos dice que
nos saquemos el chaleco y lastre, y vayamos a
ver la ballena, que se encontraba sobre la superficie
y a escasos metros del barco. Claro que llevados
por la gran emoción de querer estar solamente
al lado de ese enorme y prehistórico mamífero
marino, tan colosal como el mismo Nautilus, salimos
casi inercialmente para la gran ballena, a tan
solo dos golpes de aleta, tuvimos cara a cara,
sintiéndonos el aliento uno a otro, justo
en ese momento es cuando el alma empieza a preguntar,
¿Qué hace uno acá? , esa
amalgama de sentimientos, de querer intrínsecamente
estar al lado de tan hermosa criatura, mezclándose
con esa sensación escalofriante por su
magnitud, para sentirse uno tan solo en medio
del océano al lado de ella.
Luego
de haber realizado esa suerte de impronta, decidimos
subir al barco, para que desde ahí arriba,
poder jugar a las escondidas con ella, pasando
por debajo del barco y asomándose por un
lado y por otro del barco, sacándonos fotos,
como si ella fuera uno mas del grupo, y acercándose
tanto a nosotros, que hasta parecía que
quería acariciarse con la manga del mismo
barco, como en busca de afecto.
Cuando
el Capitán puso el motor en marcha, rápidamente
volvió, demostrando que no le gustaban
las despedidas, y tras unos jugueteos más,
se marcho diciéndonos gestualmente con
la aleta dorsal, “Hasta Siempre”.
Marchando de regreso a la costa, y todos con una
sonrisa esbozada en nuestro rostro, me pude dar
cuenta que cuando fuimos éramos cuatro
amigos, y volvimos siendo cinco
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